04 03

 

La bolita roja

 

El trayecto en metro desde el trabajo a mi casa me adormecía con su monótono vaivén. Mi mente intentaba no pensar en nada que no fuese en cenar algo ligero y meterme en la cama cuanto antes, así que entrecerraba los ojos para relajarme, pero justo cuando estaba a punto de entrar en ese estado en que la conciencia queda paralizada y mi cabeza parece que se va a separar del tronco dando cabezazos, irrumpió un niño de unos nueve años gritando en el vagón, me desperté de golpe y observé de un vistazo su extraño comportamiento. Su madre lo llevaba casi arrastrando cogido de la mano y le tironeaba con fuerza hacia el interior. Una pareja de edad avanzada que estaba sentada enfrente de mí, se levantó de inmediato para dejarle espacio. La madre lo sentó a su lado y por fin se calló, pero entonces empezó a agitar la cabeza de un lado a otro con movimientos secos y extravagantes, a la vez que vociferaba frases sin sentido. Ella no conseguía calmarlo; sus giros con la boca abierta expulsaban partículas de saliva que la madre intentaba refrenar limpiándole la boca con un pañuelo de tela. Sus gritos agudos eran cada vez más insoportables. Me empezaba a doler la cabeza y estaba decidido a levantarme e irme a la otra punta del vagón, pero de pronto volvió a callarse como si lo hubieran desconectado de una toma de corriente. Se quedó quieto señalándome. Lo miré por encima de las gafas mientras me las subía con el dedo índice; estaba sudando y se me resbalaban. Él no paraba de provocarme metiendo y sacando su lengua con gesto de autómata. Desvié la mirada al suelo deseando que pasara pronto el viaje, y fue entonces cuando vi que venía rodando despacio hacia mí una bolita roja con destellos brillantes. Su tamaño era muy similar al de una canica. La observé mientras se acercaba; en un primer momento, pensé que se le habría caído a alguien y que vendría a recogerla, pero no fue así. Era una bolita distinta a las que hasta ahora había visto. Su intensa luz ejercía un extraño hechizo sobre mí, no podía apartar la mirada, me entraron unas tremendas ganas de cogerla, incluso parecía que me incitara a que lo hiciera, aunque en realidad eso es lo que pensaba hacer en cuanto estuviera a mi alcance. Sin embargo, no era el único que la estaba observando, y, cuando la bolita estaba a punto de chocar con mis pies, el niño salió lanzado y se abalanzó sobre ella, asiéndola con fuerza. Después, la cogió con el pulgar y el índice y la levantó hacia la luz del fluorescente del techo del vagón. Mientras el niño la miraba con detenimiento, pude comprobar desde mi asiento que su color era intenso, más aún, parecía que cambiara de tono según incidiese la luz sobre su bruñida superficie. Estaba absorto fijándome en los detalles, cuando de pronto vi que se la metió en la boca. Hizo el gesto de tragar, pero se le debió quedar atascada, entonces se agarró la garganta con ambas manos y se tiró al suelo, pataleando y con la cara amoratada por la falta de oxígeno. La madre lo incorporó como pudo y empezó a darle fuertes golpes en la espalda para que escupiera la bola, mientras suplicaba ayuda desesperada; al mismo tiempo, un señor de mediana edad sentado junto a mí se levantó para intentar sacarle la bolita sin éxito y, a lo lejos, una señora que estaba de pie junto a la puerta se había llevado las manos a la cara intentado no presenciar lo que parecía iba a ser un fatídico final. De pronto, apareció de no sé dónde una chica joven decidida abriéndose paso entre los pasajeros que se habían agolpado alrededor del niño, dijo que era médico y que lo mejor sería practicarle una traqueotomía o moriría por asfixia , pidió a los presentes si tenían una navaja o algún elemento cortante. Yo al oír lo que decía, reaccioné, me levanté de mi asiento y aparté a la chica hacia un lado, me arrodillé junto al niño y le metí los dedos en la boca para poder extraerle la bolita, pero me resultaba imposible ya que el pequeño trataba de morderme y, además, no me alcanzaban los dedos; estaba demasiado abajo. Entonces lo levanté, apoyé su espalda sobre mi pecho, lo abracé y coloqué el puño en la boca de su estómago, luego presioné con fuerza y le propiné un golpe seco con la otra mano. La bolita salió expulsada y se perdió entre la gente que había a nuestro alrededor. Los pasajeros inesperadamente aplaudieron mi acción, haciéndome sentir una especie de héroe, aunque en realidad mi forma atípica de actuar me dejó pensativo, es como si aquella bolita me hubiera incitado a actuar de aquel modo. La madre, cuando vio que su hijo respiraba y ante el asombro de todos los presentes, le dio una bofetada y no paró de zarandearlo y regañarlo hasta que se bajó en la siguiente estación. Intenté sin éxito relajarme después de lo que había ocurrido.

         Al día siguiente, me quedé dormido en casa y tuve que coger el metro más tarde de lo habitual. Recordé el episodio del día anterior, y eso me hizo buscar de forma automática algún vestigio de la bolita roja. Para mi sorpresa, la encontré semioculta detrás de una bolsa de plástico olvidada en el suelo. Me dio la impresión de que su brillo era más intenso todavía. Me levanté y fui directo hacia ella, justo en el momento en que el metro cogía una curva pronunciada y la bolita escapó en dirección opuesta. Fui detrás de ella, pero el metro acababa de llegar a la siguiente parada y, al abrir sus puertas, entraron nuevos pasajeros que hicieron que volviese a perderla de vista.

         Pasaron varios días, y ni rastro de ella en el vagón.

         Así fue hasta que una madrugada, mientras esperaba yo solo en el andén de la gran estación (apenas hacía unos minutos que habían abierto el acceso), escuché unos gritos en la lejanía que rompieron la quietud sepulcral y que me resultaban muy familiares. En cuanto llegaron al andén, reconocí de inmediato al niño que se había tragado la bolita. Venía enfadado, resistiéndose a seguir caminando, mientras la madre tiraba de él con dificultad. Al momento, se oyó el ruido del tren que se acercaba por el sombrío túnel. Me levanté y el niño me miró. Entonces dejó de resistirse, para alivio de la madre. El niño, sin apartar su mirada de la mía, empujó a su madre a las vías cogiéndola desprevenida, pero el instinto materno hizo que no soltara la mano de su hijo, por lo que ambos cayeron al vacío segundos antes de ser arrollados por el tren.

         La ambulancia y la policía no tardaron en llegar. Nos tomaron declaración al conductor del metro y a mí, que habíamos sido los únicos testigos de aquel trágico suceso. Después de administrarme un calmante y decirme que no me preocupara, me comunicaron que todo había sido grabado por las cámaras de seguridad, y que ya me llamarían.

         Llegué al trabajo con una evidente mala cara, comenté con mis compañeros lo que había ocurrido y dije que no me veía capaz de continuar trabajando aquella jornada. Tenía constantemente ganas de vomitar y una fuerte jaqueca, así que pedí marcharme a casa.

         Volví a la parada de metro. Solo deseaba llegar pronto y acostarme para conseguir algo de tranquilidad, pero cuando el tren emergió de la oscuridad, nada más abrirse las puertas del vagón, la vi delante de mí, debajo de un asiento, como si me estuviera esperando, la misteriosa bolita roja. No me lo pensé, y esta vez sí pude cogerla y guardármela.

         Ya en casa, encendí la luz del salón, saqué la bolita del bolsillo y la contemplé con una tibia sonrisa.

         Desde que la bolita se halló en mi poder, la vida empezó a sonreírme. Lo veía todo distinto, siempre andaba de buen humor; aquella esfera mágica me estaba cambiando el carácter, podía decirse que era un tipo feliz. Un día se me ocurrió que me tocaba a mí ofrecerle algo a cambio de cuanto ella me estaba obsequiando, me sentía un hombre diferente, más fuerte, más seguro.

         Aquella mañana me levanté más temprano porque el jefe no vendría y me pidió que abriera el taller. Yo era su hombre de confianza, y de vez en cuando me tocaba hacerlo. No había nadie en la estación del metro, entonces acudió a mi mente lo sucedido la última vez que había estado solo en aquel mismo lugar, el triste final que habían tenido la madre y su hijo.

         De repente, sentí la presencia de un hombre que pasaba delante de mí. Tenía mal aspecto; lucía una barba larga desaliñada y un sucio sombrero, iba descalzo y llevaba algo en la mano, pero no lo pude divisar porque lo introdujo en el bolsillo del desgarbado chaquetón que le cubría el cuerpo con celeridad.

          El túnel arrojó los chirridos de las ruedas del metro anunciando su llegada. Cuando estacionó, se abrieron las puertas y me senté sin apartar la vista de aquel hombre extraño. Tomó asiento en el vagón contiguo, pero yo podía verlo perfectamente desde mi posición. Entonces sacó del bolsillo de su chaquetón lo que había ocultado. No me lo podía creer; era una bolsa transparente llena de bolitas rojas iguales a la mía. Extrajo una y la puso debajo del asiento que tenía enfrente. Después, bajó del vagón y me invadió la ridícula sensación de haber sido el hombre más estúpido del mundo.

Andrea More

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Desnuda
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