03 06

Bebe de mi sangre

 

 

Estaba a punto de amanecer. Iris corrió todo lo que pudo para ocultarse antes de que la luz le alcanzara. No era la primera vez que esto sucedía y sabía que el más mínimo error le costaría caro. Temblorosa, introdujo la mano en el interior de su bolso buscando el pequeño muñeco de trapo que estaba unido a las llaves, entró y cerró de golpe la puerta. Respiraba con dificultad, pensando que esta vez había tenido suerte.

—Iris, esto no puede seguir así. —Escuchó la voz de su padre, que estaba esperándola preocupado—. Sabes que no tenemos una segunda oportunidad; yo también me enamoré, pero supe cuál era mi límite.

—Papá… es que lo quiero, tú no lo entiendes, lo quiero de verdad, quiero acabar con esto cuanto antes —gritó furiosa, dando una sonora patada en el suelo

—Pues si tanto lo quieres, conviértelo. Seguro que después te lo agradecerá.

—No, no papá, tú lo hiciste sin el consentimiento de mamá, la engañaste, no le diste opción a decidir, y cuando supo lo que le habías hecho… —No pudo terminar la frase, cayó de rodillas con las manos en la cara.

—Yo le quise regalar una larga vida —dijo el padre pausadamente, para intentar calmar a su hija.

— No, tú decidiste por ella, mamá no te lo pidió, solo hiciste lo que tú quisiste sin pensar en ella, fuiste un egoísta y no lo reconoces. Sabes que nunca lo aceptó y prueba de ello es que cuando yo nací, mamá se dejó llevar por la luz; papá yo te quiero… Pero no me digas que cometa el mismo error que cometiste tú, por favor. —Iris subió corriendo las escaleras hacia su habitación dando un fuerte portazo.

***

Las agujas del reloj marcaban las ocho en punto, Renoir no tardaría en llegar. La cafetería estaba llena de gente, tanto que el murmullo le molestaba; tenía jaqueca, estaba nerviosa, incluso pensó que debía haber quedado otro día.

—¡Hola! —Iris estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no le había oído llegar—. ¿Estás bien? —Ella lo miró más enamorada que nunca; no sabía si sería capaz de decírselo, pero tenía que hacerlo. El chico se acercó para darle un beso en los labios y ella giró la cara.

—¿Qué te ocurre?

Quería contárselo todo, pero cada vez le molestaba más la cabeza.

—Vamos a un sitio más tranquilo, ¿Te parece? —propuso Renoir al ver que ella no se encontraba bien.

Ambos se levantaron y salieron juntos de la cafetería. Afuera corría un agradable aire fresco. Durante el trayecto, iban cogidos del brazo sin articular palabra. De pronto, Iris paró en seco y se giró, colocándose delante de él. No habían dicho nada desde que salieron de la cafetería.

—¿Me quieres? —le preguntó ella con los ojos brillantes.

—¿Me preguntas que si te quiero? Sabes que te quiero más que a mi vida, eso ni lo dudes —repuso con decisión.

Iris acercó sus labios a los de él y, cerrando los ojos, le besó muy despacio. Deseó que el tiempo se paralizase en ese momento con el corazón martilleándole el pecho, cuando escucharon unos pasos que se aproximaban hacia ellos.

Huy, huy, pero qué parejita más enamorada, seguro que el pichón no quiere que hagamos daño al pajarito, ¿Verdad?

Iris susurró al oído de Renoir que no se moviera ni contestara. Dio media vuelta y se puso frente a los recién llegados. Pudo observar a tres jóvenes que les rodeaban sonriendo. El que llevaba la voz cantante tenía una navaja que mostraba amenazante, blandiéndola de un lado a otro. Iris calculó la velocidad a la que pensaba acabar con ellos, aunque no le gustaba la idea de que Renoir descubriera esa parte oscura que durante todo aquel tiempo le había intentado ocultar.

Pero el más alto, como si le hubiera estado leyendo la mente, con un movimiento ágil puso la navaja en el cuello de Renoir y le dijo a Iris:

—Yo te conozco; tú eres esa chica tan rara del instituto, ibas a mi clase.

No le dio tiempo a seguir hablando. Solo sintió una gélida corriente de aire a su alrededor y cómo dos afilados colmillos penetraban en su cuello. Gritó de dolor y mantuvo abierta la boca para robar un último soplo de oxígeno. Intuyendo su rápido final, no quiso marcharse sin arrastrar otra vida consigo, y apretó con fuerza la navaja, cercenando el cuello a Renoir. Los demás amigos huyeron corriendo.

La mente y el corazón de Iris chocaron por segundos al sentir cómo tenía que hacer justo lo que nunca hubiera deseado hacer, pero no le quedaba otra opción: si quería salvarle la vida tenía que convertirlo. Se deshizo del fular y lo colocó sobre el profundo corte, presionando. Después se mordió la muñeca con fuerza y la acercó a los labios de Renoir para que este bebiera de la abundante sangre que manaba.

—Renoir, bebe, bebe de mi sangre —repetía de forma insistente, pero él apenas se podía mover. Su cuerpo se convulsionaba anunciando una inminente muerte. Ella lo forzó en un último intento, abriéndole la boca, y él, poco a poco, fue tragando el fluido hasta quedar inmóvil.

Horas después, despertó tumbado en el sofá, mareado y confuso. Intentó incorporarse, pero le resultó imposible. Todo le daba vueltas.

—¿Qué me ha ocurrido, Iris? No recuerdo nada. No me encuentro bien, necesito ir al baño.

—Espera, te acompaño —le dijo Iris sujetándolo con firmeza.

Entró y cerró la puerta. Pasó un largo rato. Iris se quedó en la puerta esperando por si la necesitaba, pero no escuchaba ningún ruido en el interior y se estaba empezando a impacientar. Sabía que si Renoir se miraba en el espejo vería el gran corte del cuello y la camiseta manchada de sangre.

No podía esperar más y dio unos golpes en la puerta con los nudillos.

—¿Estas bien? Renoir, ¿estás bien? Renooooir —le llamaba mientras entreabría la puerta muy despacio. Miró a un lado y a otro del baño. Nada. Descorrió la cortina de la ducha con un fuerte estirón, y vio que la ventana estaba abierta.

Tenía que encontrarlo antes de que amaneciera. Empezó a correr hacia la cafetería pensando que podría estar allí, pero enseguida desechó la idea y giró hacia un mirador donde solían contemplar la ciudad iluminada.

A pesar de la distancia, no tardó en llegar. Su corazón latía agitado, y no solo por el esfuerzo; también por el afán de querer encontrarlo antes de que fuese demasiado tarde.

Lo estuvo buscando durante horas por aquellos lugares que frecuentaban juntos, sin éxito. De pronto tuvo una idea, y pensó que había sido una idiota por no haber caído antes. Fue directa hacia la casa de Renoir y, una vez allí, tocó con insistencia el timbre. Apenas quedaba una hora para amanecer.

Abrió la puerta su hermano.

—Hola. Iris.

—Hola. Enco, ¿está Renoir en casa?

—Sí, hace rato que llegó, está en su habitación, pasa.

Iris subió las escaleras como un relámpago, pero cuando llegó al rellano se acercó a la puerta con sumo cuidado, temiendo que él no quisiera verla. Empujo la hoja de madera y lo encontró sentado en la cama, meneándose de un lado a otro como si lo zarandearan, cabizbajo y con el pelo revuelto cubriéndole el rostro. Parecía ausente, Iris se asustó.

—¿Qué me has hecho, ¿qué me has hecho? — inquirió; su tono sonaba como el de un neurótico.

—Renoir, no sé por dónde empezar. Ha ocurrido todo tan rápido… Pero quiero que sepas que lo que he hecho es porque te quiero. —Nada más decirlo, recordó las palabras de su padre exculpándose de lo que hizo en otro tiempo con su madre.

Iris le explicó lo que había sucedido intentando no obviar ningún detalle. Él la escuchaba sin detener ese molesto balanceo que la estaba poniendo nerviosa.

—¿Quieres decir que ahora soy un vampiro o algo así? —Iris quedó en silencio.

—Sí, Renoir, sí. No te puedo decir que lo lamento porque si no te hubiese convertido ahora no estarías vivo.

Después de estas palabras hubo un largo silencio. Solo se oían los muelles de la cama por el incansable vaivén del cuerpo de Renoir.

—Pero debo decirte algo de vital importancia para nosotros: sobre todo, no te puede dar la luz natural.

—¿Qué pasaría si eso ocurre, Iris?

—Morirías de inmediato —respondió tajante.

Renoir detuvo el movimiento de su cuerpo y levantó la cabeza. Tenía el rostro desfigurado y los ojos en blanco.

—Está a punto de amanecer. Tenemos que cerrar de inmediato las cortinas y buscar el lugar más oscuro de la casa donde no pueda filtrarse ningún indicio de luz natural.

Se levantó decidida a dejar la habitación a oscuras, momento que aprovechó Renoir para darle un fuerte empujón por la espalda, arrojándola por la ventana.

Cuando Iris intentó reaccionar, ya era demasiado tarde. La luz irrumpió con fuerza en su cuerpo, convirtiéndola en un puñado de polvo.

Una vez cumplida su venganza, Renoir subió veloz a la buhardilla y se ocultó en el interior de un antiguo baúl donde había una oscuridad absoluta.

 

Andrea More

 

 

 

 

 

 

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