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La solicitud

Quedé con Diana, como de costumbre, en la terraza de la cafetería. Llovía a mares aquella tarde gris. Llegué tarde y empapado hasta los pies. Estaba nervioso y no sabía muy bien cómo empezar a contarle todo lo ocurrido en tan poco tiempo.

—Hola, cariño, ¿cómo estás?

—Le di un fugaz beso rozándole los labios con una terrible sensación de despedida y un intenso dolor en el estómago. Mis manos temblaban, no pensé fuera tan difícil contárselo. Le cogí la mano mientras ella me observaba fijamente con cara de preocupación.

—He conseguido un billete para el «Viaje Cero» —así era como se popularizó el nombre del viaje en tren por los diarios—, es una gran oportunidad que no quiero desaprovechar. Espero que lo entiendas —dije balbuceando conpoca seguridad en mis palabras, a pesar de que intentaba demostrar cierta firmeza en ellas. Diana separó lentamente su mano de la mía, mientras sentí su mirada decepcionada.

***

         Cuando era niño, me gustaba imaginarme como un reportero que viajaba a insólitos lugares del mundo e informaba a la población de cualquier noticia significativa que estuviera ocurriendo en aquel momento. Estaba claro: quería ser periodista; pero una vez alcancé la edad universitaria, estalló la guerra y el sueño se desvaneció. Mi padre y mi hermano fueron llamados a filas. No había pasado todavía un año desde su marcha, cuando nos llegó untelegrama anunciando la muerte en combate de mi padre, y, poco tiempo después, la de mi hermano. Esta última afectó a mi madre de tal manera que no pudo soportarla y se sumió en una indecible angustia. Mi hermano era una persona muy unida a nuestra madre; su pérdida fue un golpe tan duro para ella, que enfermó de tristeza y murió al poco tiempo. Así que me quedé solo.

En el momento de terminar la guerra y la ciudad empezaba a recobrar su aliento, encontré un trabajo en un ultramarinos y, lo que en principio parecía algo provisional, se convirtió, con el paso de los años, en un empleo fijo, por lo cual, a día de hoy, sigo en el mismo sitio haciendo las mismas cosas. Mi vida era aburrida y monótona, hasta que mi horizonte cambió cuando conocí a Diana.

A menudo tenía pesadillas en las cuales siempre alguien o algo me perseguía. Nunca pude llegar a ver quién era porque, cuando me giraba, un segundo antes de que me cogieran, me despertaba jadeante y sudando.

Una mañana, mientras tomábamos el café en el descanso del trabajo, le explicaba a Nani mi preocupación por el sueño, repitiéndose, varias noches desde la pérdida de mi madre y, ella —que me conocía bien—, después de escucharme pacientemente, me aconsejó acudiese a un profesional. Cierta doctora conocida por ella, así que no lo dudé y fui a verla.

Una vez llegué al edificio donde estaba situado el gabinete, me recibió el conserje debidamente uniformado, quien me preguntó —muy       amablemente— adónde me dirigía.

—Voy a la consulta de la doctora Diana —repuse en tono cortés.

—Primer piso, gire a la izquierda y ya verá el nombre en una de las puertas.

Subí unas amplias escaleras y vi la puerta citada, entreabierta. Pasé y me senté en un cómodo diván. Enseguida, al oírme, la doctora salió de su despacho y, mirándome a la cara, me llamó por mi nombre:

—¿Es usted Tom Linaje?

—Sí —contesté.

—Pase, estaba esperándole.

Nada más verla, el corazón me empezó a palpitar con fuerza; aquella mujer exuberante transmitía mucha fuerza y seguridad, algo que a mí me faltaba. Me hizo pasar al despacho. No había mesa; sólo dos amplios sillones, uno enfrente del otro y, justo detrás, un vistoso cuadro de pétalos de amapola suspendidos en el aire. Me Accedí a su amable invitación a sentarme en uno de los sillones , hundiéndome en él como en una nube. Sentí sus grandes ojos negros hipnotizándome cuando comenzó a hablar…, incluso necesité preguntarle dos veces lo que me decía porque era incapaz de verla y escucharla al mismo tiempo; pero no dejó de sonreírme.

Después de aquella visita, —en la cual no recuerdo ni qué le expliqué—, la invité a salir una noche, y mi sorpresafue su aprobación.

Al principio, cuando estábamos juntos, se me olvidaba todo. Siempre reíamos y lo pasábamos bien; pero, a mí, me duró poco la alegría. Diana iba «muy rápido»: repetía e insistía en querer formar una familia y, además, tener hijos pronto…

Decididamente, no entraba dentro de mis planes, por entonces. Yo prefería esperar para hablar de otra cosa y, ella,, me contestaba no tener prisa; pero insistía de tal forma como para conducir todas las conversaciones al mismo tema. A veces, me explicaba cómo le gustaría que fuese nuestra futura casa. En aquellos momentos, la observaba; pero mi mente vagaba por el espacio: sin duda, me encontraba mejor solo.

Un domingo, al comprar el diario, me sorprendió una curiosa noticia destacada en su portada: «Atrévete y viaja a un lugar desconocido». Leí el artículo y descubrí que pertenecía a LAROS, una conocida agencia de viajes ofertando un inédito viaje en tren con el señuelo de un destino incierto.

La noticia no contenía excesiva información; apenas indicaba que el punto de partida sería Nerlo, el hermoso pueblo donde yo vivía; situado en el corazón del valle de Zolca y conocido por sus grandes grutas, la mayoría de ellas, aún sin explorar.

Para obtener un billete, habría de rellenar una solicitud aceptando las condiciones; pero, una de ellas, destacabacon diferencia del resto: el viaje sólo era de ida; aunque eso no me importaba.

No lo pensé más y envié la solicitud con pocas expectativas de ser uno de los afortunados. Intenté olvidarme delasunto durante un tiempo; pero fue imposible: no me lo podía quitar de la cabeza y, así, pasaron más de tres laaargassemanas hasta que, un día, por fin, me llegó la carta con la cual sabría si había tenido suerte o si, por el contario, todo seguiría igual en mi vida.

Nunca me había tocado nada y cuando vi mi nombre como nuevo pasajero, por un momento, pensé en todo aquello como una locura., no dudé en aceptar el reto. Ahora sólo me preocupaba una cosa: contárselo a Diana.

***

         Su rostro se quedó congelado al oír aquello del «Viaje Cero». Pensé que armaría una escena; pero no fue así.

—«Supongo, quieres decirme que nuestra relación acaba aquí¿no? —atacó iracunda—¿Es eso?» —recalcó sin dejar explicarme.

—¿Sabes, Tom? Siempre te entiendo…, ¡ese el problema! y, está claro, no hay vuelta atrás. La decisión la tenías tomada. Intuía que, algo así, ocurriría algún día… porque es evidente que lo nuestro últimamente no funciona. No creo tengamos mucho más que decirnos… Te deseo mucha suerte ¡Adiós, Tom! Hasta siempre.

Diana se levantó y, sin volver la cabeza para mirarme, se perdió calle abajo entre la gente. Quedé inmóvil y con una sensación de vacío indescriptible. La lluvia había cesado; aunque la acera parecía un espejo con su fina lámina de agua. Sólo deseaba volver a casa, darme una ducha e intentar no volver a pensar más en ello, cuando escuché una voz detrás de mí.

—«Lo siento, no he podido evitar escuchar la conversación. Te pido disculpas. Mi nombre es Brad».

Me giré para observar al hombre que acababa de invadir mi intimidad, y encontré una persona aseada; con una amplia y agradable sonrisa, ofreciéndome. su mano para estrecharla mientras continuaba hablando:

—Yo también voy a viajar en ese tren y, en verdad, estaba deseando conocer a alguien que me acompañara en esta locura.

Me alegró oír aquello. Me levanté y estreché su mano de forma enérgica.

—Mi nombre es Tom y no te preocupes: la relación no iba bien; creo, es lo mejor para los dos.

—¿Puedo sentarme? —intervino para continuar la conversación.

—Sí, por favor —señalé con la mano la silla a mi lado.

—¿Sabes una cosa, Tom? No eres el único —añadió intentando sonreír—, yo también quiero huir de mi pasado. Hago esto porque me da igual todo: perdí a mi mujer en un accidente y no consigo rehacer mi vida. De esto hace ya cuatro años y, todavía, sigo «atascado»; así que también mandé la solicitud, y ha sido aceptada. No he podido contenerme al escuchar que harías el mismo viaje, y me ha apetecido conocerte. Espero no haberte molestado.

—¡No…, no!. En absoluto —contesté con sinceridad.

         Brad y yo nos hicimos amigos, ya que, después de aquel día, volvimos a quedar varias veces. Era un hombre congran sentido del humor y su compañía resultaba agradable; pero una tarde, en cual habíamos quedado, no se presentó y no volví a verlo. Me preocupé porque no me parecía una persona de las que desaparecían sin despedirse y sin decir nada. Tampoco sabía dónde vivía. Pensé tendría sus razones y ya le vería en el viaje.

Al poco tiempo, recibí una carta de bienvenida, junto con un código y el billete. Sólo faltaban dos semanas parainiciar el viaje y me estaba poniendo nervioso: había invertido todo mi dinero en aquella aventura. Los días se hacían eternos y sólo deseaba marcharme para no volver.

Me despedí del trabajo y fui a ver a Nani, que lloró e hizo llorar. La abracé fuerte y sentí lo más parecido al abrazo de una madre que tanta falta me hacía.

Llegó el gran día. Apenas logré dormir algo por la noche. Me levanté con un intenso dolor de cabeza; pero, aun así, cogí con ilusión mi maleta preparada desde hacía días. Cuando bajé, el taxi al que había llamado, ya aguardaba con el motor encendido.

Durante el trayecto a la estación, contemplé las calles y a la gente de la ciudad donde había vivido toda mi vida. Me despedí de todo lo que, hasta aquel momento, había conocido. En tropel, acudieron a mi mente recuerdos de infancia junto a mis padres y hermano. La mente me traicionó con una imagen: Diana despidiéndose de mí. La instantánea se disipó en el acto cuando el taxi se detuvo frente a la estación.

Incertidumbre

Permanecí en la entrada unos instantes, mientras observaba los altos y labrados techos adornados con pinturas alegóricas de una extraña belleza. El edificio era una antigua catedral restaurada y reconvertida en estación, alsobrevivir dos guerras. Continúe caminando y me acerqué rápido hasta el mostrador de información para preguntar dónde debía dirigirme. Iba con tiempo de sobra, pues me habían impreso una hora exacta en el billete para poder entrar. Era algo inusual y me produjo una extrañeza inicial; pero no le di mayor importancia: supuse que sería para evitar esperas.

En información, mostré el billete a una mujer de edad avanzada y cara de pocos amigos, quien, sin mirarme, señaló con el dedo el final de la estación. Di las gracias de todas formas y encaminé mis pasos hacia allí, deprisa.

Cuando llegué al punto de acceso a la vía, me encontré un joven vestido con un llamativo traje rojo de líneas verticales gruesas y blancas. Hizo un gesto con la mano y, en un idioma desconocido, supuse me pedía le enseñara el billete. Después volvió a decirme algo que tampoco entendí y frenó mi entrada colocando su mano sobre mi pecho.

—No te entiendo —le dije, abriendo los brazos— ¡¿qué quieres?

—«Tom, quiere que le muestres el código» —oí una voz conocida a mi espalda.

Me giré.

—¡Brad, qué alegría! —exclamé— ¿Dónde estabas?

Le encontré un poco raro y, al comentárselo, me respondió un lacónico: «luego te cuento».

Así, busqué el dichoso código en todos los bolsillos del pantalón y ¡nada!: no había manera de encontrarlo. Continué la búsqueda y, por fin, lo hallé en la chaqueta. Entonces recordé haberlo puesto allí para tenerlo más a mano —si bien, aquel detalle se me había olvidado por completo—. Me di la vuelta para buscar a mi amigo y entrar juntos; pero, allí no había nadie, ya. En cambio, mis ojos descubrieron a lo lejos que Diana venía corriendo hacia mí. Agitaba los brazos y parecía querer decirme algo. Me asaltaron las dudas y, de pronto, recordé aquel sueño recurrente de tiempo atrás, por lo que decidí no escucharla.

Le enseñé el código al joven de traje a listas y me dejó pasar con una metálica sonrisa artificial. Una vez dentro, aproveché apresurándome lo más rápido posible. Escuchaba la voz de Diana: no paraba de llamarme; pero no la hacía caso, alejándome, cada vez, más y más rápido, hasta dejar de oírla. Me detuve y entraron unas terribles ganas de llorar. Bajé la cabeza, respiré hondo e intenté tranquilizarme.

Cuando levanté la cabeza, agucé los sentidos. No podía creer lo que estaba viendo: tenía delante una locomotora a vapor y al más puro estilo de un Western: sus vagones perfectamente reproducidos, el espeso humo desprendido por la chimenea y su silbido característico anunciando viajeros al tren. ¡Perplejo! me tenía aquella atmósfera de otro tiempo: el metal brillante invitaba a subir y descubrir los hermosos parajes que íbamos a atravesar; pero, lo más asombroso sin lugar a dudas, era la perfecta réplica del vagón para el carbón, inmediatamente enganchada tras la máquina…

Tan absorto estaba contemplando aquella maravilla que no me di cuenta de haberse aproximado otro joven con el mismo traje listado al de la entrada. Con una leve inclinación de cabeza y en el mismo extraño idioma, intuí volver a requerírseme el billete.

Por ello, mostré nuevamente el billete y, con un ademán, pidió permiso para tomar mi maleta e invitó a seguirle. Lo hice hasta pararnos a la altura de la puerta del cuarto vagón. Subí escuchando cómo la cerraba y, entonces, caí en cuenta de no llevar maleta. Intenté salir para recuperarla; pero la puerta no se abría. Lo intenté de nuevo: ¡totalmente inútil!

¡Estaba atascada!

—«Lo mejor —pensé— será atravesar el vagón por el otro extremo».

Al abrir la otra portezuela, quedé atónito al contemplar lo que vi…

—«¡Tom, Tom! —reconocí la voz de Brad llamándome, a modo de saludo, desde el otro extremo del vagón.

Me alegré de verle y fuí hacia él por el estrecho pasillo, sintiendo la mirada silenciosa de los pasajeros que me observaban. Tomé asiento a su lado.

—¿Qué está pasando, Brad? — elevé, nervioso, el tono de mi voz,

—Debo explicarte algo —añadió con manos temblorosas—; aunque tenemos un largo viaje por delante

—concluyó dándome la impresión de estar ocultando algo.

En ese momento, escuchamos cómo, lentamente, la puerta del vagón y se abría, a la vez que, tímidamente, asomaba la cabeza un joven de cabeza rapada y abundante barba pelirroja. Nos examinó rápidamente con cara de asombro y sin saber bien qué hacer. Finalmente, saludó fugazmente con la mano y, después, se dirigió al único sitio libre; justo delantenuestro. Tomó asiento junto a un hombre corpulento que no había despegado la vista —ni frente— de la ventanilla. El joven —de cuerpo menudo y bajito— intentó colocar su minúscula maleta en el estante superior, encima de su asiento; pero, al no llegar, dio un salto para ajustarla; aunque, con tan mala suerte de abrirse sobre su compañero de asiento.

—«Di… disculpe, señor, fue sin querer —se excusó con un hilo de voz mientras recogía la ropa.

Éste, ni se inmuto —o así se le podía imaginar bajo calcetines, camisetas, un precavido jersey de lana gruesa y ropa interior; todavía, por suerte, todo limpio—,

Con la prudencia de un artificiero, intentó, muy… muy lentamente, recuperar sus pertenecías, sin molestar a su compañero de asiento que seguía sin despegar la cabeza del cristal.

Cuando intentaba rescatarlas, una mano, fuerte y enorme como la un leñador, le agarró por la muñeca

—¡¿QUÉ HACES?! ¡¿Qué hace tu mano aquí metida

—retumbó el compartimiento.

—Se-se-se… Se me cayó toda la ropa —arrancó la tartamudez— y só-só-só-sólo quería recuperarla —vomitó con la cara encendida por la vergüenza.

Soltó muy despacio la muñeca y volvió a acomodar la frente sobre la ventanilla, mirando al exterior como si nada hubiera ocurrido.

Fue entonces cuando recordé mi maleta olvidada en el andén. Corrí de inmediato a recuperarla pero… ¡ cuál fue mi sorpresa al abrirse la puerta de golpe, apareciendo el chico del traje listado, con ella en la mano. Cuando me vio, se acercó a entregármela, inclinando la cabeza. Le devolví el mismo saludo y, después, se alejó sin mediar palabra.

***

         Un, sonoro y largo, pitido del silbato anunciaba la inminente salida del tren e hizo que, todos los pasajeros, nos inquietáramos acercándonos, a la vez, hasta las ventanillas pensando en un «último adiós» a nuestras vidas anteriores.

El penetrante pitido sonó varias veces de forma intermitente. El chirriante e inicial cansino andar de las pesadas ruedas de hierro por los raíles de acero, hizo que fuésemos conscientes de nuestra recién comenzada aventura..

Al salir de la estación, se rompió —como por arte de magia— ese silencio cortante que se había establecido en el vagón desde mi llegada y, ahora, se agradecía ese murmullo

—creciente por minutos— normal entre los pasajeros.

El  tren  se  encontraba  ya  bordeando  el  pequeño lago Luisi,   cuando   unas   diminutas   gotas   —por  segundos, enormes— empezaron a estallar contra las ventanillas, anunciando la proximidad de una tormenta. Brad permanecía absorto contemplando cómo, algunos peces, saltaban en el aire A mí también me hipnotizaron sus acrobacias; aunque me daba la angustiosa sensación de pedir ayuda.

Sin más me dirigí a él:

—¿Te has dado cuenta de que todos los integrantes del vagón somos hombres? ¡No hay ninguna mujer, Brad! ¿No te parece extraño! Pero no es sólo eso lo inquietante, sino que… ¡Todos somos pelirrojos! Tú… yo… ¡Todos! ¡No creo en las casualidades! —alcé la voz.

Un gesto suyo con la mano hizo que bajara la voz; aunque ya era tarde, porque el chico de la cabeza rapada se dio la vuelta y dijo en voz trémula para que su compañero no despertara:

—Yo también soy pelirrojo y estoy muy asustado. Este viaje es la ilusión y ahorros de mi vida y… ¡no hay ninguna chica! ¡¿Cómo vamos a empezar una nueva vida sin ellas?!

Brad quedó callado y siguió mirando los peces.

—Fíjate en esos, Tom: saltan de felicidad —dijo Brad puerilmente convencido.

—¡Bah! ¿de felicidad…? —contesté indignado por el comentario ante un punto de vista contrario al mío.

—Saltan porque están cansados de vivir en un lugar cerrado… como lo estábamos nosotros —agregué.

—No Tom, no te equivoques: son «peces-ventosa» y, créeme,  esos saltos,  efectivamente,  son de alegría; peeero —alargó la vocal como un instruido profesor— sólo  salta los machos que han conseguido pareja y se trata de su peculiar baile para demostrar su victoria.

Me dejó perplejo y no se me ocurrió contradecirle, pues parecía saber lo que decía. Reacomodé la postura en mi plaza, sin poder apartar la mirada de aquellos curiosos peces. Ahora los veía desde otra perspectiva.

—El día en el cual nos conocimos —me dijo Brad sin mirarme a la cara—, no fue una casualidad… —busqué sus ojos; aunque seguí escuchándole evitando encararme—, Diana y yo, hacía tiempo que salíamos: la conocí en su propia consulta, suplicándola me ayudara a calmar el dolor por la pérdida de mi familia y… ella… desde luego… supo bien cómo hacerlo.

—Me enamoré como un adolescente hasta tener que escoger, entre este viaje o ella. Evidentemente la escogí a ella; pero todo cambió cuando me confesó su embarazo. No pude soportarlo… ¡Escapé asustado!

—Intentó convencerme hasta el último momento

¡Incluso vino a la estación!

No podía creer lo que me estaba contando Brad ¡Parecía todo tan extraño! Me callé y levanté la cabeza; él me miró fijamente esperando una respuesta, una frase. Yo estaba perplejo ante aquella inesperada confesión.

***

         El tren se metió en un túnel y, al instante, unas cálidas tímidas luces amarillentas se encendieron, dando un agradable ambiente al vagón.

La puerta del vagón se abrió y apareció una joven sonriente con el mismo uniforme rojo al de sus compañeros empujando un carrito con bandejas de comida. El grueso de los viajeros, al verla, empezaron a silbarla y, algunos —los más lanzados— incluso le lanzaron piropos Me fijé en su chaqueta y vi una pequeña placa plateada donde ponía su nombre: Krisa.

La misma que fue repartiendo, en completo silencio, una botella pequeña de agua junto con un plato conteniendo unas pequeñas croquetas bañadas en puré de patata y nueces, a cada pasajero.

Tras el refrigerio, quedé dormido enseguida y ya no recuerdo nada más…

***

Final del viaje

Al abrir los ojos, levanté la cabeza: apenas había luz. Me encontraba desnudo sólo cubierto con una fina sábana blanca estaba encima de una camilla metálica y tiritando de frío. Alrededor de mi cuerpo había unas correas impidiendo cualquiera de mis movimientos. Estaba aturdido. Por la puerta, apareció un joven alto, sobrevistiendo una bata blanca desabrochada y una carpeta en la mano.

—Buenos días Tom —dijo con sequedad —Veo en usted, un hombre con suerte —sonrió; aunque seguí sin entender nada

Intenté incorporarme; pero estaba firmemente sujeto y apenas tenía fuerzas.

—Sus compañeros de viaje… desde luego, no pueden decir lo mismo.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —inquirí.

—…Mucho tiempo… ¡creo que demasiado! Voy a ir directo, porque no tengo mucho más tiempo… ¡Uhmmm! Quiero proponerle algo, Tom… quiero que trabaje con nosotros… Aquí podrá tener esa «vida distinta»… ¿No es eso lo que buscaba en este viaje? Ahora me acompañara para explicarle todo con detalle.

—¿Tengo, acaso, otra opción… doctor… ¿Libra? — respondí escudriñando la plaquita de su bata.

—Me temo que no —concluyó sinceramente observando las correas

—Ahora, Tom, le van a soltar las cinchas. Espero no haga ninguna tontería… cuando le traigan la ropa y, después, me acompañará. Si intentase escapar, volvería aquí y…, le aseguro, el mismo final de sus compañeros; aquí no existen las segundas oportunidades.

Al momento, entró Krisa, —a quien me alegró ver y, con suavidad, fue soltando, una a una, todas las correas sujetando mi cuerpo. Después, me ayudó a incorporarme para vestirme con el conocido traje rojo de líneas blancas que me había traído.

Tom, acompáñeme, por favor —ordenó amablemente Krisa.

Salimos a un largo pasillo con una cegadora luz blanca. Lo atravesamos y llegamos a un enorme despacho completamente forrado de madera; poco iluminado y con un fuerte olor a humedad. El doctor Libra esperaba tras su escritorio barroco. Se levantó y, con la invitación de su mano tomé asiento, enfrente de él.

—Como le dije anteriormente, es usted un hombre de suerte, siendo el único superviviente del tren en el cual viajaba.

Mi cara de estupor ocasionó el alzamiento de ambas palmas del doctor, pidiéndome calma. doctor

—¡¿Y mi amigo Brad?! —pregunté enojado

—Sabía, Tom, que los pelirrojos son genéticamente el doble de fuertes? Sólo le diré que, para realizar cualquier operación, se necesita el doble de anestesia y… por si esto fuera poco, sus espermatozoides duplican la velocidad cuando salen a buscar el óvulo y… ¡algo curioso, pero no menos importante!: son los únicos que triplican la tasa de vitamina D, reteniéndola con la edad; algo que, los demás, perdemos, siendo aún fundamental para nuestros huesos.

—Se preguntará por qué le informo de todo esto… ¡pues bien! Es muy sencillo: acompáñeme

Me levanté y fui tras él

Muy cerca de allí, entramos en una amplia sala…¡enorme! donde había decenas de camas, en las cuales yacían todos los pasajeros, aparentemente dormidos. Reconocí, enseguida, a unos cuantos de mi vagón y, junto a cada uno, había una máquina —al parecer bastante compleja— con multitud de gomas de colores conectadas a diferentes partes del cuerpo.

Estaba sudando y, a mi cuerpo destemplado, no le ayudaba mucho ese nauseabundo y penetrante olor de todo el recinto: una especie de humedad mezclada con algún componente alcohólico. Me estaba mareando.

Seguimos andando y nos situamos frente a un enorme paño de cristal, tras el cual reconocí al voluminoso hombre que estaba sentado en el tren y sólo miraba por la ventanilla… ¡¡¡Le estaban desguazando como si fuera un coche!!!

—Este hombre —introdujo su explicación el doctor—como el resto de los viajeros pelirrojos, tiene un valor incalculable en el mercado. Cada uno de sus órganos dará una excelente calidad de vida a otra persona, quién, por supuesto, pagará una importante suma de dinero a cambio de él.

Ya tenía mi cuerpo descompuesto y no podía escapar; además, debía «trabajar» para una banda de criminales…¡¿Acaso era yo un hombre de suerte?!

Mientras nos alejábamos, baje la cabeza, hundido y resignado. No sabía qué pensar ni qué hacer… Y ahora ¿qué? Me acordé de Brad: ¿Dónde estaría? ¿qué sería de él? Seguro estaba allí, en alguna de las camas.

Después de saber el futuro que se cernía sobre mí, me trasladaron a una habitación. Amplia; en donde había una cómoda cama y un pequeño armario junto a una falsa ventana, con el trampantojo de un bosque perfectamente pintado.

Estuve encerrado en aquel lugar no sé por cuánto tiempo. A la única persona que veía y con quien conversaba un poco era Krisa; pero no logré sacarle ninguna información de dónde me encontraba o qué querían de mí.

Un día, apareció Krisa junto al doctor Libra.

¿Cómo está, Tom? Llegó la hora de volver a Nerlo

—¡¿Qué…?! ¡Yo no quiero volver! —protesté.

—Necesitamos le digas a todo el mundo lo maravilloso que es el lugar de dónde vienes y lo fantástico de tu nueva vida. Aquí te dejo un sobre con todas las instrucciones. Un solo fallo y… ¡ya sabes lo que te espera!: tu vuelta aquí… Recuerda que, también tú, eres pelirrojo.

Le miré con miedo e intente decir algo; pero no me dio tiempo; enseguida sentí un pinchazo en el brazo y escuche la voz del doctor Libra muy lejana… casi susurrándome:

—Mañana despertarás en tu casa de Nerlo. Sigue al pie de la letra lo escrito en el sobre y todo irá bien.

El pacto

Me pesaban lo ojos y costaba trabajo abrirlos. Casi enseguida, reconocí la antigua lámpara del techo de mi habitación. ¡Sí!: la habitación donde había pasado prácticamente toda mi vida. Intenté levantarme y, aunque aún estaba mareado, sólo deseaba —con todas mis fuerzas— pensar que todo había sido un sueño; pero, el sobre con mi nombreescrito, encima de mi mesita de noche, trajo la «cruda» realidad.

Me levante y advertí que llevaba puesto el pijama de la maleta. Abrí el armario y toda la ropa estaba colocada en su sitio… ¡era como si no hubiera transcurrido el tiempo y debía levantarme para ir al trabajo. Al pensar en ello, me acordé de Nani y, enseguida, decidí ir a verla; pero, de pronto, Diana irrumpió en mi celebro, llamándome. Me llevé las manos a la cabeza y me eché sobre la cama. No quería verla: sólo pensar en ella, me producía pánico.

Pasé un rato tumbado con el corazón disparado y, poco a poco, fui calmándome hasta que las pulsaciones volvieron a su estado natural. Me vestí y salí a la calle en busca de Nani. Ella entendería… Era la única persona que me conocía bien. Miré el reloj y, justo, era la hora de su desayuno; así que me di prisa. No estaba lejos de aquí y pronto alcancé el estrecho callejón de la parte de atrás del ultramarinos y me encontré con dos jovencitas desconocidas, almorzando; pero, como llevaban el uniforme del colmado, enseguida les pregunté por Nani.

—«No, no conocemos a ninguna Nani» —contestaron por lo que pensé la conocerían por su nombre original: Anna.

—¡Aaah! —repuso una de ellas— ¡Sí! Recuerdo una señora con ese nombre… llevaba muchos aquí ¿verdad…?

—¡Sí, sí! ¡Muchos! —alegué— Pueees… —alargó dudando su respuesta— siento decirle que falleció… —dijo sintiendo verdadera pena por alguien a quien no había conocido jamás— ¡O eso me dijeron! —terminó por excusarse, si acaso no fuera cierto.

Los ojos no pudieron contenerse y guiñaron a punto de llorar, como un niño recién regañado.

Nani era para mí como una madre —les dije mientras me alejaba.

Antes de darme la vuelta, al momento y a duras penas, pregunté, si por casualidad, sabían de qué murió. No tardaron en darme respuesta:

—¡Si! Me contaron que no sufrió nada y se la encontraron, muerta, sobre la cama. Por lo visto, fue un paro cardiaco… —completó la que llevaba la voz cantante.

Cabizbajo, comencé a deambular por las calles sin ningún rumbo. No podía creer que «mi Nani», la que, tantos y tantos, buenos consejos me daba, ya no existía…

Después de caminar sin darme cuenta por dónde había ido levanté la cabeza, un momento, por pura inercia y, como si me estuviera jugando una mala pasada el destino, estaba situado frente a la portería donde Diana tenía el consultorio. Mis pies deseaban avanzar hacia el interior; pero, mi cerebro gritaba que no. Entonces, sentí una mano sobre mi hombroy, al girarme, vi a Brad

—¡ Qué haces Tom…? ¿Por qué dudas en ir a verla…?

¿Acaso no la quieres… ya?

¡El presente estaba volviéndome loco!

—¡¿Qué haces tú aquí?!

Yo… —dudó cómo responder mi ira y confusión— ¡Yo quiero ayudarte? ¿sabes…? Soy tu mejor amigo ¡Ve a verla, no te lo pienses más.

Cerré los ojos porque no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando. Al volver a abrirlos, Brad ya no estaba allí; aunque seguía hablando desde mi interior.

—¡Oye, Tom…! Recuerda… Recuerda que está embarazada y… yo no soy el padre el padre: ¡ERES TÚ! — acompañó el eco repetido de su última frase con una risa histriónica y sarcásticamente cruel.

Al final no lo pensé y me dirigí hacia su consulta con la intención de verla; pero estaba tan concentrado en mis pensamientos como para no advertir aquel coche circulando a toda velocidad. Me atropelló arrojándome por los aires.

Desperté desconcertado sin saber dónde estaba. Por un momento pensé estar postrado en la habitación donde pasé tanto tiempo con Krisa. Sentí coger mi mano y vi a Diana junto a mí.

—¿Cómo estás? —susurró tan bajito como para casi no entenderla.

Levanté la cabeza y la moví como un periscopio para averiguar qué me había pasado. Rápidamente, vino a mi memoria el coche que se me echó encima y cómo volaba por los aires. Pude comprobar que mis extremidades estaban presentes y en su sitio. Pese al dolor, las podía mover sin dificultad; pero, la cabeza estaba a punto de explotarme.

—«¡Estoy bien! —me dije— …creo».

Miré a Diana: había aumentado algo su peso. Se veía deslucida y tenía la cara hinchada; manchas en la piel y su pelo era, ahora, muy corto. Parecía una mujer mucho más mayor… ¡no parecía la misma!

—«¡¿Cuántos meses habían pasado?!».

Se encontraba sentada junto a mí y se le notaba un embarazo muy adelantado. Finalmente, pensé que, al fin y al cabo, era su deseo.

—¿Y Brad? —interrogué instintivamente— ¡¿Dónde está?! Quiero irme de aquí —añadí intentando levantarme; pero no tenía fuerzas y estaba muy mareado. Me volví a tumbar… ¡todo me daba vueltas!

Tom, tuviste un accidente fuerte. Lo mejor es que descanses.

Hice otro amago por volver a levantarme; pero fue, del todo, imposible. Insistí por Brad.

—¡Tom¡ ¡TOM! ¡Brad no existe! Sufres un trastorno disociativo. Él y tú: ¡sois la misma persona!

La miré y me entró la risa. Una risa fuerte. Escandalosa. Histérica. No paraba de reír, cada vez, más fuerte. Diana llamó a la enfermera para que me administraran un calmante y… ¡apareció, por sorpresa, Krisa! quien se movía tan rápido como un espectro. Me inyectó el calmante en el hombro. Dormí al instante.

Cuando desperté, todo seguía igual; pero, Diana, ya no estaba allí. Su lugar lo ocupaba Krisa, sentada a mi lado.

—Seguro, ahora te encuentras más relajado —afirmó—, debes de intentar tranquilizarte y centrarte en el «trabajo»; por el cual, estás aquí. Debes demostrar que no se equivocaron contigo —remató de forma tajante— Y,,, — añadió— A Diana es mejor que no vuelvas a verla nunca más.

         Brad seguía resonando en mi cabeza; pero callaba.

Me prometieron que, ninguno de los dos, sufriría ningún daño… siempre y cuando estuviera en silencio. Concebí ser el precio a pagar.

         Krisa me  ayudó a difundir  y publicitar el nuevo  viaje. ¡Los tiempos iban cambiando! Desde entonces, me hicieron varias entrevistas donde exponía todas las maravillas sugeridas por LAROS, siguiendo las instrucciones de aquel «dichoso» sobre; las cuales exponía a la perfección e intentaba convencer al máximo de personas —como yo—, deseosas en cambiar de vida radicalmente. A iniciar un nuevo viaje con el mismo tren en el cual había marchado y, ahora… ¡Ahora mismo! se encontraba en la estación esperando nuevos viajeros.

***

         Anastasia, cuando se enteró de recibir la confirmación postal del viaje, lloró de emoción. Había sufrido acoso toda su vida y, ahora, por fin, la suerte le sonreía. Había sido una de las personas afortunadas para el nuevo «Viaje Cero», sin retorno. Ciertamente, su triste vida cambiaría radicalmente

Cuando llegó el día esperado, yo mismo  fui quien acompaño a Anastasia hasta su vagón: la deje con cierta tristeza reprimida porque, aquella chica, «transmitía algo especial» y era consciente de lo que le esperaría al final del viaje.

Cuando subió y abrió la puerta contempló sorprendida cómo, todas las pasajeras eran albinas ¡IGUAL QUE ELLA!

Andrea More

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Desnuda
tu mente