06 11

 

Salí de la ducha, me puse frente al espejo y contemplé con detenimiento mi cuerpo femenino. Mis manos se dirigieron con suavidad hacia mi estrecha y bien formada cintura, haciendo el giro natural de la cadera. Mientras lo hacia, cerré los ojos acordándome de aquellos hombres que,  cogidos del brazo de sus mujeres,  se giraban con disimulo cuando me veían pasar con mis vestidos ceñidos al cuerpo. Al instante, me entró una risa nerviosa, pues aquel tronco recto sin forma reflejado ante mi era la realidad: enormes pechos caídos con más pena que gloria, donde afloraba una floja y enorme barriga prominente.  Giré y me puse de lado para intentar animarme, esperando un milagro, como si de perfil todo fuese distinto.

Qué tragedia al contemplar mi trasero, era una carpeta plana confundida con la espalda. De inmediato, cogí un sujetador bien resistente y, haciendo malabarismos, conseguí engancharlo en la espalda: mis pechos subieron de inmediato, me vi mucho mejor.

         Motivada por aquel pequeño éxito tramposo, fui corriendo hacia mi gran armario ropero e intenté deslizar los apretados grupos de perchas con vestidos de todas formas y colores sin ver nada que me gustara para la ocasión. Ensimismada en mis pensamientos como si de un milagro se tratase, un vestido de color caramelo me llamó desde el armario como si tuviera vida propia; lo cogí, no dude en ponérmelo rápidamente, solo le faltaba algún atractivo complemento que rápidamente vi en la última banda de la estantería, un largo y frondoso cuello de plumas de oca. Justo en ese momento, llamaron con tímidos golpes a la puerta.

         —Cariño, ¿te falta mucho?, que vamos a llegar tarde.

         Mi marido hacía ya más de una hora que me estaba esperando.

         —Estoy acabando —le dije lo más amablemente que pude.

         Cuando salí de nuestra habitación, lo primero que dijo fue: «Vamos, rápido, que llegamos tarde». Ni «qué guapa estás» o «el vestido qué bien te queda»; yo creo que ni lo vio.

         Ya camino del restaurante, en el taxi, mi marido como siempre estaba callado, con esa odiosa extraña sonrisa, seguramente con la mente en blanco, hasta el punto de que ni el dalái lama podría llegar a ese nivel en el momento de su máxima concentración. En ese momento, mientras miraba por la ventanilla, hice un breve repaso a mi vida para recordar cómo había llegado a este momento tan infeliz y cómo conocí a mi marido.

         Mi suegro fue uno de los socios fundadores de una de las empresas de cuero más importantes del país y, durante su vida, el negocio prosperó y cada vez se hizo más grande. Así fue hasta que el pobre falleció inesperadamente —dicen que lo encontraron muerto en casa de una tía solterona, pero todo el mundo sabe que murió feliz en un burdel—.

        Mi cuñada Aurora, diez años más pequeña que mi marido, se hizo cargo de la empresa; trabajó toda la vida en ella y sabía cómo funcionaban las entrañas del negocio mejor que nadie. Siempre tuvo mal carácter, pero todavía fue peor desde que tuvieron que amputarle una pierna por un accidente de coche; su novio la dejó poco tiempo después y desde entonces estaba enfadada con el mundo.

         Fue justo ahí cuando conocí a mi futuro marido. Yo le hacía las curas a su hermana, porque trabajaba en el hospital y él venía a acompañarla.

         Yo escuchaba las conversaciones del negocio entre los dos hermanos y vi que ese hombre podía liberarme de aquel trabajo que tanto odiaba. Poco a poco, fui estrechando la relación con ellos; mi carácter agradable, servicial y predispuesto le encantaba a Aurora. Durante más de dos meses, cada día, estuvieron viniendo, y la mañana que le iban a dar el alta, justo ese día por fin me invitó a cenar.

         Recuerdo que en mi primera cita me puse un atrevido vestido azul cielo de lunares blancos, con mucho vuelo; estaba imponente. Pero en vez de decirme algo provocativo, picante o sensual, como cualquier hombre de la tierra me hubiera dicho, no se le ocurrió otra cosa que decirme que ese vestido era muy parecido a uno que tenía su madre; vamos, que dijo justo lo que ninguna mujer quiere escuchar. Le sonreí, aunque en ese momento me hubiera gustado tener un yunque dentro del bolso y darle fuerte con él.

         Francamente, él nunca me gusto; hoy día llevo casada doce lentos años; su trabajo en la empresa todavía no sé muy bien cuál es ni me importa, todo lo lleva Aurora, pero como a mí lo que me importa es el dinerito que entra cada mes, lo demás me da igual.

         Muchas noches, salíamos con una pareja muy sosa, amigos de mi marido, tampoco teníamos muchos más. Los hombres solo sabían hablar de deporte, y su mujer estaba obsesionada con la cocina vegetariana; total, aquello era un martirio, pues yo adoro los chuletones al punto, estar con ellos era aburridísimo; a mí lo que me gustaba era salir a cenar, me daba igual con quién con tal de no estar a solas con él.

         Aquella noche en la cena hubo un gran acontecimiento que lo cambió todo. Justo cuando nos íbamos a sentar en la mesa, apareció por sorpresa mi cuñada con su antiguo novio, nos quedamos asombrados al verlos, pero pensé que por lo menos la cena sería más divertida. Una vez tocamos varias conversaciones —a cual de ellas más aburrida—, de pronto se levantó en los postres y tocó varias veces con su tenedor la copa —clic, clic, clic—.

         —Tengo que daros una gran noticia —exclamó Aurora con una alegría nada habitual en ella.

         —¡Cuéntanos, por favor! —exclamé con curiosidad, como si estuviera interesada en la fresca noticia

         —¡Estoy embarazada! —casi gritó emocionándose.

         Nunca la vi así, intenté que se me cayera alguna lágrima por la mejilla, pero fue imposible. En un supuesto arranque de alegría, su alto y desgarbado novio la abrazó con un romanticismo exagerado, yo tenía ganas de vomitar ante tanto teatro. Por desgracia, eso no fue todo —esta vez sí me sobrecogí, intuí una mala noticia para mí y no me equivoqué—; nos comunicó que quería cambiar su vida por completo y dedicarle tiempo a su familia, por lo que habían decidido vender la empresa. Miré a mi marido porque esta vez si estaba preocupada por mi futuro, ya que, por mucho dinero que le dieran a mi marido por socio en la venta de la empresa, él no servía para nada, era un absoluto inútil, nunca encontraría trabajo y yo tendría que volver al hospital a trabajar. Todo eso me rondaba por la cabeza mientras, sonriente, los miraba; giré la cabeza para ver qué cara tenía mi marido por la noticia, pero se había ido a dar una vuelta por algún planeta desconocido en su nave interplanetaria.

         —Brindemos por la noticia —dije levantándome de la silla sonriendo, y alcé mi copa de vino, un Rioja de una estupenda cosecha; al momento, todos se levantaron imitándome.

         —Uy, no puedo beber en mi estado —dijo como una adolescente a la que llenan su primera copa, cuando todos sabíamos que el vino durante un tiempo fue su mejor aliado al abandonarla el mismo novio que ahora era el padre de su hijo.

         Una vez terminada la cena, nos despedimos de todos con falsos besos comentando lo bien que lo habíamos pasado y diciendo que a ver si quedábamos más a menudo. Mientras nos despedíamos, yo solo pensaba qué hacer con lo que se me venía encima. Mi vida social era fantástica; desde que me casé, todas las mañanas iba al club de polo y allí almorzaba con las mujeres que se dedicaban, como yo, a no hacer nada absolutamente durante el día, nuestro mayor esfuerzo consistía en pasear por las tardes por las mejores boutiques de la ciudad y comprar lo que caprichosamente nos apeteciera sin molestarnos en mirar lo precios.

         En aquel mismo momento, se me abrieron los ojos y no dudé en tomar la decisión más importante de mi vida: mañana mismo empezaría, no podía perder más tiempo.

         Al día siguiente por la mañana temprano, nada más levantarme, fui a visitar a mi única amiga del hospital; no pudo atenderme, pero quedamos para comer, le conté mientras comíamos que me encontraba muy nerviosa y que por las noches no podía dormir, tenía mucha ansiedad y estaba muy preocupada.

         —No te preocupes —me dijo—, luego nos acercamos al hospital y te daré un ansiolítico que relajaría a un elefante, pero no te puedes tomar más que un cuarto de esta pastilla porque sería peligroso; sobre todo, lo tomas después de cenar y no la mezcles con alcohol, verás que pronto te recuperas. —Después de comer, nos dirigimos al hospital y la acompañé al almacén, donde me dio un pequeño bote con las pastillas—. Solo puedes tomar un cuarto —me recordó.

         Aquel fin de semana era el cumpleaños de Aurora y nos había invitado a cenar a un famoso restaurante no muy lejos de casa.

         Reconozco que hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien; no sé muy bien si era por el vino o la alegría de llevar a cabo mi plan aquella misma noche. Después de cenar, como todavía no era muy tarde, propuse tomar una última copa en nuestra casa.

         Aurora dijo:

         —Bueno, yo tengo un antojo, me apetece mojar los labios en una copa de vino, solo mojar los labios, eh.

         —No te preocupes que te pondré solo un poquito.

         —¡Bien! —sonrió un tanto contenta porque en el restaurante ya había tenido ese mismo antojo y había mojado los labios varias veces.

         Me levanté y escogí del botellero un Cabernet, pensé un vino fantástico para acabar aquella noche especial. Cogí cuatro grandes copas de nuestra vitrina de época victoriana con su gran espejo tallado y las rellené con dos dedos de vino; a una de ellas le eché el polvo de más de medio bote de pastillas mezclado con Dioxal, todo bien machacado.

         Me di media vuelta y le di uno a uno su copa para no equivocarme, pero ellos las dejaron en el centro de la mesa, donde estábamos sentados. Mi marido quiso hacer un brindis y todos alzamos las copas; antes de caer en mi último sueño, del que nunca despertaría, pude observar la sonrisa de mi marido mirándome y cómo, desde donde él se encontraba de pie, el espejo lo reflejaba todo.

Andrea More

Salí de la ducha, me puse frente al espejo y contemplé con detenimiento mi cuerpo femenino. Mis manos se dirigieron con suavidad hacia mi estrecha y bien formada cintura, haciendo el giro natural de la cadera. Mientras lo hacia, cerré los ojos acordándome de aquellos hombres que,  cogidos del brazo de sus mujeres,  se giraban con disimulo cuando me veían pasar con mis vestidos ceñidos al cuerpo. Al instante, me entró una risa nerviosa, pues aquel tronco recto sin forma reflejado ante mi era la realidad: enormes pechos caídos con más pena que gloria, donde afloraba una floja y enorme barriga prominente.  Giré y me puse de lado para intentar animarme, esperando un milagro, como si de perfil todo fuese distinto.

Qué tragedia al contemplar mi trasero, era una carpeta plana confundida con la espalda. De inmediato, cogí un sujetador bien resistente y, haciendo malabarismos, conseguí engancharlo en la espalda: mis pechos subieron de inmediato, me vi mucho mejor.

         Motivada por aquel pequeño éxito tramposo, fui corriendo hacia mi gran armario ropero e intenté deslizar los apretados grupos de perchas con vestidos de todas formas y colores sin ver nada que me gustara para la ocasión. Ensimismada en mis pensamientos — si de un milagro se tratase, un vestido de color caramelo me llamó desde el armario como si tuviera vida propia; lo cogí, no dude en ponérmelo rápidamente, solo le faltaba algún atractivo complemento que rápidamente vi en la última banda de la estantería, un largo y frondoso cuello de plumas de oca. Justo en ese momento, llamaron con tímidos golpes a la puerta.

         —Cariño, ¿te falta mucho?, que vamos a llegar tarde.

         Mi marido hacía ya más de una hora que me estaba esperando.

         —Estoy acabando —le dije lo más amablemente que pude.

         Cuando salí de nuestra habitación, lo primero que dijo fue: «Vamos, rápido, que llegamos tarde». Ni «qué guapa estás» o «el vestido qué bien te queda»; yo creo que ni lo vio.

         Ya camino del restaurante, en el taxi, mi marido como siempre estaba callado, con esa odiosa extraña sonrisa, seguramente con la mente en blanco, hasta el punto de que ni el dalái lama podría llegar a ese nivel en el momento de su máxima concentración. En ese momento, mientras miraba por la ventanilla, hice un breve repaso a mi vida para recordar cómo había llegado a este momento tan infeliz y cómo conocí a mi marido.

         Mi suegro fue uno de los socios fundadores de una de las empresas de cuero más importantes del país y, durante su vida, el negocio prosperó y cada vez se hizo más grande. Así fue hasta que el pobre falleció inesperadamente —dicen que lo encontraron muerto en casa de una tía solterona, pero todo el mundo sabe que murió feliz en un burdel—.

        Mi cuñada Aurora, diez años más pequeña que mi marido, se hizo cargo de la empresa; trabajó toda la vida en ella y sabía cómo funcionaban las entrañas del negocio mejor que nadie. Siempre tuvo mal carácter, pero todavía fue peor desde que tuvieron que amputarle una pierna por un accidente de coche; su novio la dejó poco tiempo después y desde entonces estaba enfadada con el mundo.

         Fue justo ahí cuando conocí a mi futuro marido. Yo le hacía las curas a su hermana, porque trabajaba en el hospital y él venía a acompañarla.

         Yo escuchaba las conversaciones del negocio entre los dos hermanos y vi que ese hombre podía liberarme de aquel trabajo que tanto odiaba. Poco a poco, fui estrechando la relación con ellos; mi carácter agradable, servicial y predispuesto le encantaba a Aurora. Durante más de dos meses, cada día, estuvieron viniendo, y la mañana que le iban a dar el alta, justo ese día por fin me invitó a cenar.

         Recuerdo que en mi primera cita me puse un atrevido vestido azul cielo de lunares blancos, con mucho vuelo; estaba imponente. Pero en vez de decirme algo provocativo, picante o sensual, como cualquier hombre de la tierra me hubiera dicho, no se le ocurrió otra cosa que decirme que ese vestido era muy parecido a uno que tenía su madre; vamos, que dijo justo lo que ninguna mujer quiere escuchar. Le sonreí, aunque en ese momento me hubiera gustado tener un yunque dentro del bolso y darle fuerte con él.

         Francamente, él nunca me gusto; hoy día llevo casada doce lentos años; su trabajo en la empresa todavía no sé muy bien cuál es ni me importa, todo lo lleva Aurora, pero como a mí lo que me importa es el dinerito que entra cada mes, lo demás me da igual.

         Muchas noches, salíamos con una pareja muy sosa, amigos de mi marido, tampoco teníamos muchos más. Los hombres solo sabían hablar de deporte, y su mujer estaba obsesionada con la cocina vegetariana; total, aquello era un martirio, pues yo adoro los chuletones al punto, estar con ellos era aburridísimo; a mí lo que me gustaba era salir a cenar, me daba igual con quién con tal de no estar a solas con él.

         Aquella noche en la cena hubo un gran acontecimiento que lo cambió todo. Justo cuando nos íbamos a sentar en la mesa, apareció por sorpresa mi cuñada con su antiguo novio, nos quedamos asombrados al verlos, pero pensé que por lo menos la cena sería más divertida. Una vez tocamos varias conversaciones —a cual de ellas más aburrida—, de pronto se levantó en los postres y tocó varias veces con su tenedor la copa —clic, clic, clic—.

         —Tengo que daros una gran noticia —exclamó Aurora con una alegría nada habitual en ella.

         —¡Cuéntanos, por favor! —exclamé con curiosidad, como si estuviera interesada en la fresca noticia

         —¡Estoy embarazada! —casi gritó emocionándose.

         Nunca la vi así, intenté que se me cayera alguna lágrima por la mejilla, pero fue imposible. En un supuesto arranque de alegría, su alto y desgarbado novio la abrazó con un romanticismo exagerado, yo tenía ganas de vomitar ante tanto teatro. Por desgracia, eso no fue todo —esta vez sí me sobrecogí, intuí una mala noticia para mí y no me equivoqué—; nos comunicó que quería cambiar su vida por completo y dedicarle tiempo a su familia, por lo que habían decidido vender la empresa. Miré a mi marido porque esta vez si estaba preocupada por mi futuro, ya que, por mucho dinero que le dieran a mi marido por socio en la venta de la empresa, él no servía para nada, era un absoluto inútil, nunca encontraría trabajo y yo tendría que volver al hospital a trabajar. Todo eso me rondaba por la cabeza mientras, sonriente, los miraba; giré la cabeza para ver qué cara tenía mi marido por la noticia, pero se había ido a dar una vuelta por algún planeta desconocido en su nave interplanetaria.

         —Brindemos por la noticia —dije levantándome de la silla sonriendo, y alcé mi copa de vino, un Rioja de una estupenda cosecha; al momento, todos se levantaron imitándome.

         —Uy, no puedo beber en mi estado —dijo como una adolescente a la que llenan su primera copa, cuando todos sabíamos que el vino durante un tiempo fue su mejor aliado al abandonarla el mismo novio que ahora era el padre de su hijo.

         Una vez terminada la cena, nos despedimos de todos con falsos besos comentando lo bien que lo habíamos pasado y diciendo que a ver si quedábamos más a menudo. Mientras nos despedíamos, yo solo pensaba qué hacer con lo que se me venía encima. Mi vida social era fantástica; desde que me casé, todas las mañanas iba al club de polo y allí almorzaba con las mujeres que se dedicaban, como yo, a no hacer nada absolutamente durante el día, nuestro mayor esfuerzo consistía en pasear por las tardes por las mejores boutiques de la ciudad y comprar lo que caprichosamente nos apeteciera sin molestarnos en mirar lo precios.

         En aquel mismo momento, se me abrieron los ojos y no dudé en tomar la decisión más importante de mi vida: mañana mismo empezaría, no podía perder más tiempo.

         Al día siguiente por la mañana temprano, nada más levantarme, fui a visitar a mi única amiga del hospital; no pudo atenderme, pero quedamos para comer, le conté mientras comíamos que me encontraba muy nerviosa y que por las noches no podía dormir, tenía mucha ansiedad y estaba muy preocupada.

         —No te preocupes —me dijo—, luego nos acercamos al hospital y te daré un ansiolítico que relajaría a un elefante, pero no te puedes tomar más que un cuarto de esta pastilla porque sería peligroso; sobre todo, lo tomas después de cenar y no la mezcles con alcohol, verás que pronto te recuperas. —Después de comer, nos dirigimos al hospital y la acompañé al almacén, donde me dio un pequeño bote con las pastillas—. Solo puedes tomar un cuarto —me recordó.

         Aquel fin de semana era el cumpleaños de Aurora y nos había invitado a cenar a un famoso restaurante no muy lejos de casa.

         Reconozco que hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien; no sé muy bien si era por el vino o la alegría de llevar a cabo mi plan aquella misma noche. Después de cenar, como todavía no era muy tarde, propuse tomar una última copa en nuestra casa.

         Aurora dijo:

         —Bueno, yo tengo un antojo, me apetece mojar los labios en una copa de vino, solo mojar los labios, eh.

         —No te preocupes que te pondré solo un poquito.

         —¡Bien! —sonrió un tanto contenta porque en el restaurante ya había tenido ese mismo antojo y había mojado los labios varias veces.

         Me levanté y escogí del botellero un Cabernet, pensé un vino fantástico para acabar aquella noche especial. Cogí cuatro grandes copas de nuestra vitrina de época victoriana con su gran espejo tallado y las rellené con dos dedos de vino; a una de ellas le eché el polvo de más de medio bote de pastillas mezclado con Dioxal, todo bien machacado.

         Me di media vuelta y le di uno a uno su copa para no equivocarme, pero ellos las dejaron en el centro de la mesa, donde estábamos sentados. Mi marido quiso hacer un brindis y todos alzamos las copas; antes de caer en mi último sueño, del que nunca despertaría, pude observar la sonrisa de mi marido mirándome y cómo, desde donde él se encontraba de pie, el espejo lo reflejaba todo.

Andrea More

 

Salí de la ducha, me puse frente al espejo y contemplé con detenimiento mi cuerpo femenino. Mis manos se dirigieron con suavidad hacia mi estrecha y bien formada cintura, haciendo el giro natural de la cadera. Mientras lo hacia, cerré los ojos acordándome de aquellos hombres que,  cogidos del brazo de sus mujeres,  se giraban con disimulo cuando me veían pasar con mis vestidos ceñidos al cuerpo. Al instante, me entró una risa nerviosa, pues aquel tronco recto sin forma reflejado ante mi era la realidad: enormes pechos caídos con más pena que gloria, donde afloraba una floja y enorme barriga prominente.  Giré y me puse de lado para intentar animarme, esperando un milagro, como si de perfil todo fuese distinto.

Qué tragedia al contemplar mi trasero, era una carpeta plana confundida con la espalda. De inmediato, cogí un sujetador bien resistente y, haciendo malabarismos, conseguí engancharlo en la espalda: mis pechos subieron de inmediato, me vi mucho mejor.

         Motivada por aquel pequeño éxito tramposo, fui corriendo hacia mi gran armario ropero e intenté deslizar los apretados grupos de perchas con vestidos de todas formas y colores sin ver nada que me gustara para la ocasión. Ensimismada en mis pensamientos como si de un milagro se tratase, un vestido de color caramelo me llamó desde el armario como si tuviera vida propia; lo cogí, no dude en ponérmelo rápidamente, solo le faltaba algún atractivo complemento que rápidamente vi en la última banda de la estantería, un largo y frondoso cuello de plumas de oca. Justo en ese momento, llamaron con tímidos golpes a la puerta.

         —Cariño, ¿te falta mucho?, que vamos a llegar tarde.

         Mi marido hacía ya más de una hora que me estaba esperando.

         —Estoy acabando —le dije lo más amablemente que pude.

         Cuando salí de nuestra habitación, lo primero que dijo fue: «Vamos, rápido, que llegamos tarde». Ni «qué guapa estás» o «el vestido qué bien te queda»; yo creo que ni lo vio.

         Ya camino del restaurante, en el taxi, mi marido como siempre estaba callado, con esa odiosa extraña sonrisa, seguramente con la mente en blanco, hasta el punto de que ni el dalái lama podría llegar a ese nivel en el momento de su máxima concentración. En ese momento, mientras miraba por la ventanilla, hice un breve repaso a mi vida para recordar cómo había llegado a este momento tan infeliz y cómo conocí a mi marido.

         Mi suegro fue uno de los socios fundadores de una de las empresas de cuero más importantes del país y, durante su vida, el negocio prosperó y cada vez se hizo más grande. Así fue hasta que el pobre falleció inesperadamente —dicen que lo encontraron muerto en casa de una tía solterona, pero todo el mundo sabe que murió feliz en un burdel—.

        Mi cuñada Aurora, diez años más pequeña que mi marido, se hizo cargo de la empresa; trabajó toda la vida en ella y sabía cómo funcionaban las entrañas del negocio mejor que nadie. Siempre tuvo mal carácter, pero todavía fue peor desde que tuvieron que amputarle una pierna por un accidente de coche; su novio la dejó poco tiempo después y desde entonces estaba enfadada con el mundo.

         Fue justo ahí cuando conocí a mi futuro marido. Yo le hacía las curas a su hermana, porque trabajaba en el hospital y él venía a acompañarla.

         Yo escuchaba las conversaciones del negocio entre los dos hermanos y vi que ese hombre podía liberarme de aquel trabajo que tanto odiaba. Poco a poco, fui estrechando la relación con ellos; mi carácter agradable, servicial y predispuesto le encantaba a Aurora. Durante más de dos meses, cada día, estuvieron viniendo, y la mañana que le iban a dar el alta, justo ese día por fin me invitó a cenar.

         Recuerdo que en mi primera cita me puse un atrevido vestido azul cielo de lunares blancos, con mucho vuelo; estaba imponente. Pero en vez de decirme algo provocativo, picante o sensual, como cualquier hombre de la tierra me hubiera dicho, no se le ocurrió otra cosa que decirme que ese vestido era muy parecido a uno que tenía su madre; vamos, que dijo justo lo que ninguna mujer quiere escuchar. Le sonreí, aunque en ese momento me hubiera gustado tener un yunque dentro del bolso y darle fuerte con él.

         Francamente, él nunca me gusto; hoy día llevo casada doce lentos años; su trabajo en la empresa todavía no sé muy bien cuál es ni me importa, todo lo lleva Aurora, pero como a mí lo que me importa es el dinerito que entra cada mes, lo demás me da igual.

         Muchas noches, salíamos con una pareja muy sosa, amigos de mi marido, tampoco teníamos muchos más. Los hombres solo sabían hablar de deporte, y su mujer estaba obsesionada con la cocina vegetariana; total, aquello era un martirio, pues yo adoro los chuletones al punto, estar con ellos era aburridísimo; a mí lo que me gustaba era salir a cenar, me daba igual con quién con tal de no estar a solas con él.

         Aquella noche en la cena hubo un gran acontecimiento que lo cambió todo. Justo cuando nos íbamos a sentar en la mesa, apareció por sorpresa mi cuñada con su antiguo novio, nos quedamos asombrados al verlos, pero pensé que por lo menos la cena sería más divertida. Una vez tocamos varias conversaciones —a cual de ellas más aburrida—, de pronto se levantó en los postres y tocó varias veces con su tenedor la copa —clic, clic, clic—.

         —Tengo que daros una gran noticia —exclamó Aurora con una alegría nada habitual en ella.

         —¡Cuéntanos, por favor! —exclamé con curiosidad, como si estuviera interesada en la fresca noticia

         —¡Estoy embarazada! —casi gritó emocionándose.

         Nunca la vi así, intenté que se me cayera alguna lágrima por la mejilla, pero fue imposible. En un supuesto arranque de alegría, su alto y desgarbado novio la abrazó con un romanticismo exagerado, yo tenía ganas de vomitar ante tanto teatro. Por desgracia, eso no fue todo —esta vez sí me sobrecogí, intuí una mala noticia para mí y no me equivoqué—; nos comunicó que quería cambiar su vida por completo y dedicarle tiempo a su familia, por lo que habían decidido vender la empresa. Miré a mi marido porque esta vez si estaba preocupada por mi futuro, ya que, por mucho dinero que le dieran a mi marido por socio en la venta de la empresa, él no servía para nada, era un absoluto inútil, nunca encontraría trabajo y yo tendría que volver al hospital a trabajar. Todo eso me rondaba por la cabeza mientras, sonriente, los miraba; giré la cabeza para ver qué cara tenía mi marido por la noticia, pero se había ido a dar una vuelta por algún planeta desconocido en su nave interplanetaria.

         —Brindemos por la noticia —dije levantándome de la silla sonriendo, y alcé mi copa de vino, un Rioja de una estupenda cosecha; al momento, todos se levantaron imitándome.

         —Uy, no puedo beber en mi estado —dijo como una adolescente a la que llenan su primera copa, cuando todos sabíamos que el vino durante un tiempo fue su mejor aliado al abandonarla el mismo novio que ahora era el padre de su hijo.

         Una vez terminada la cena, nos despedimos de todos con falsos besos comentando lo bien que lo habíamos pasado y diciendo que a ver si quedábamos más a menudo. Mientras nos despedíamos, yo solo pensaba qué hacer con lo que se me venía encima. Mi vida social era fantástica; desde que me casé, todas las mañanas iba al club de polo y allí almorzaba con las mujeres que se dedicaban, como yo, a no hacer nada absolutamente durante el día, nuestro mayor esfuerzo consistía en pasear por las tardes por las mejores boutiques de la ciudad y comprar lo que caprichosamente nos apeteciera sin molestarnos en mirar lo precios.

         En aquel mismo momento, se me abrieron los ojos y no dudé en tomar la decisión más importante de mi vida: mañana mismo empezaría, no podía perder más tiempo.

         Al día siguiente por la mañana temprano, nada más levantarme, fui a visitar a mi única amiga del hospital; no pudo atenderme, pero quedamos para comer, le conté mientras comíamos que me encontraba muy nerviosa y que por las noches no podía dormir, tenía mucha ansiedad y estaba muy preocupada.

         —No te preocupes —me dijo—, luego nos acercamos al hospital y te daré un ansiolítico que relajaría a un elefante, pero no te puedes tomar más que un cuarto de esta pastilla porque sería peligroso; sobre todo, lo tomas después de cenar y no la mezcles con alcohol, verás que pronto te recuperas. —Después de comer, nos dirigimos al hospital y la acompañé al almacén, donde me dio un pequeño bote con las pastillas—. Solo puedes tomar un cuarto —me recordó.

         Aquel fin de semana era el cumpleaños de Aurora y nos había invitado a cenar a un famoso restaurante no muy lejos de casa.

         Reconozco que hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien; no sé muy bien si era por el vino o la alegría de llevar a cabo mi plan aquella misma noche. Después de cenar, como todavía no era muy tarde, propuse tomar una última copa en nuestra casa.

         Aurora dijo:

         —Bueno, yo tengo un antojo, me apetece mojar los labios en una copa de vino, solo mojar los labios, eh.

         —No te preocupes que te pondré solo un poquito.

         —¡Bien! —sonrió un tanto contenta porque en el restaurante ya había tenido ese mismo antojo y había mojado los labios varias veces.

         Me levanté y escogí del botellero un Cabernet, pensé un vino fantástico para acabar aquella noche especial. Cogí cuatro grandes copas de nuestra vitrina de época victoriana con su gran espejo tallado y las rellené con dos dedos de vino; a una de ellas le eché el polvo de más de medio bote de pastillas mezclado con Dioxal, todo bien machacado.

         Me di media vuelta y le di uno a uno su copa para no equivocarme, pero ellos las dejaron en el centro de la mesa, donde estábamos sentados. Mi marido quiso hacer un brindis y todos alzamos las copas; antes de caer en mi último sueño, del que nunca despertaría, pude observar la sonrisa de mi marido mirándome y cómo, desde donde él se encontraba de pie, el espejo lo reflejaba todo.

Andrea More

 

Salí de la ducha, me puse frente al espejo y contemplé con detenimiento mi cuerpo femenino. Mis manos se dirigieron con suavidad hacia mi estrecha y bien formada cintura, haciendo el giro natural de la cadera. Mientras lo hacia, cerré los ojos acordándome de aquellos hombres que,  cogidos del brazo de sus mujeres,  se giraban con disimulo cuando me veían pasar con mis vestidos ceñidos al cuerpo. Al instante, me entró una risa nerviosa, pues aquel tronco recto sin forma reflejado ante mi era la realidad: enormes pechos caídos con más pena que gloria, donde afloraba una floja y enorme barriga prominente.  Giré y me puse de lado para intentar animarme, esperando un milagro, como si de perfil todo fuese distinto.

Qué tragedia al contemplar mi trasero, era una carpeta plana confundida con la espalda. De inmediato, cogí un sujetador bien resistente y, haciendo malabarismos, conseguí engancharlo en la espalda: mis pechos subieron de inmediato, me vi mucho mejor.

         Motivada por aquel pequeño éxito tramposo, fui corriendo hacia mi gran armario ropero e intenté deslizar los apretados grupos de perchas con vestidos de todas formas y colores sin ver nada que me gustara para la ocasión. Ensimismada en mis pensamientos como si de un milagro se tratase, un vestido de color caramelo me llamó desde el armario como si tuviera vida propia; lo cogí, no dude en ponérmelo rápidamente, solo le faltaba algún atractivo complemento que rápidamente vi en la última banda de la estantería, un largo y frondoso cuello de plumas de oca. Justo en ese momento, llamaron con tímidos golpes a la puerta.

         —Cariño, ¿te falta mucho?, que vamos a llegar tarde.

         Mi marido hacía ya más de una hora que me estaba esperando.

         —Estoy acabando —le dije lo más amablemente que pude.

         Cuando salí de nuestra habitación, lo primero que dijo fue: «Vamos, rápido, que llegamos tarde». Ni «qué guapa estás» o «el vestido qué bien te queda»; yo creo que ni lo vio.

         Ya camino del restaurante, en el taxi, mi marido como siempre estaba callado, con esa odiosa extraña sonrisa, seguramente con la mente en blanco, hasta el punto de que ni el dalái lama podría llegar a ese nivel en el momento de su máxima concentración. En ese momento, mientras miraba por la ventanilla, hice un breve repaso a mi vida para recordar cómo había llegado a este momento tan infeliz y cómo conocí a mi marido.

         Mi suegro fue uno de los socios fundadores de una de las empresas de cuero más importantes del país y, durante su vida, el negocio prosperó y cada vez se hizo más grande. Así fue hasta que el pobre falleció inesperadamente —dicen que lo encontraron muerto en casa de una tía solterona, pero todo el mundo sabe que murió feliz en un burdel—.

        Mi cuñada Aurora, diez años más pequeña que mi marido, se hizo cargo de la empresa; trabajó toda la vida en ella y sabía cómo funcionaban las entrañas del negocio mejor que nadie. Siempre tuvo mal carácter, pero todavía fue peor desde que tuvieron que amputarle una pierna por un accidente de coche; su novio la dejó poco tiempo después y desde entonces estaba enfadada con el mundo.

         Fue justo ahí cuando conocí a mi futuro marido. Yo le hacía las curas a su hermana, porque trabajaba en el hospital y él venía a acompañarla.

         Yo escuchaba las conversaciones del negocio entre los dos hermanos y vi que ese hombre podía liberarme de aquel trabajo que tanto odiaba. Poco a poco, fui estrechando la relación con ellos; mi carácter agradable, servicial y predispuesto le encantaba a Aurora. Durante más de dos meses, cada día, estuvieron viniendo, y la mañana que le iban a dar el alta, justo ese día por fin me invitó a cenar.

         Recuerdo que en mi primera cita me puse un atrevido vestido azul cielo de lunares blancos, con mucho vuelo; estaba imponente. Pero en vez de decirme algo provocativo, picante o sensual, como cualquier hombre de la tierra me hubiera dicho, no se le ocurrió otra cosa que decirme que ese vestido era muy parecido a uno que tenía su madre; vamos, que dijo justo lo que ninguna mujer quiere escuchar. Le sonreí, aunque en ese momento me hubiera gustado tener un yunque dentro del bolso y darle fuerte con él.

         Francamente, él nunca me gusto; hoy día llevo casada doce lentos años; su trabajo en la empresa todavía no sé muy bien cuál es ni me importa, todo lo lleva Aurora, pero como a mí lo que me importa es el dinerito que entra cada mes, lo demás me da igual.

         Muchas noches, salíamos con una pareja muy sosa, amigos de mi marido, tampoco teníamos muchos más. Los hombres solo sabían hablar de deporte, y su mujer estaba obsesionada con la cocina vegetariana; total, aquello era un martirio, pues yo adoro los chuletones al punto, estar con ellos era aburridísimo; a mí lo que me gustaba era salir a cenar, me daba igual con quién con tal de no estar a solas con él.

         Aquella noche en la cena hubo un gran acontecimiento que lo cambió todo. Justo cuando nos íbamos a sentar en la mesa, apareció por sorpresa mi cuñada con su antiguo novio, nos quedamos asombrados al verlos, pero pensé que por lo menos la cena sería más divertida. Una vez tocamos varias conversaciones —a cual de ellas más aburrida—, de pronto se levantó en los postres y tocó varias veces con su tenedor la copa —clic, clic, clic—.

         —Tengo que daros una gran noticia —exclamó Aurora con una alegría nada habitual en ella.

         —¡Cuéntanos, por favor! —exclamé con curiosidad, como si estuviera interesada en la fresca noticia

         —¡Estoy embarazada! —casi gritó emocionándose.

         Nunca la vi así, intenté que se me cayera alguna lágrima por la mejilla, pero fue imposible. En un supuesto arranque de alegría, su alto y desgarbado novio la abrazó con un romanticismo exagerado, yo tenía ganas de vomitar ante tanto teatro. Por desgracia, eso no fue todo —esta vez sí me sobrecogí, intuí una mala noticia para mí y no me equivoqué—; nos comunicó que quería cambiar su vida por completo y dedicarle tiempo a su familia, por lo que habían decidido vender la empresa. Miré a mi marido porque esta vez si estaba preocupada por mi futuro, ya que, por mucho dinero que le dieran a mi marido por socio en la venta de la empresa, él no servía para nada, era un absoluto inútil, nunca encontraría trabajo y yo tendría que volver al hospital a trabajar. Todo eso me rondaba por la cabeza mientras, sonriente, los miraba; giré la cabeza para ver qué cara tenía mi marido por la noticia, pero se había ido a dar una vuelta por algún planeta desconocido en su nave interplanetaria.

         —Brindemos por la noticia —dije levantándome de la silla sonriendo, y alcé mi copa de vino, un Rioja de una estupenda cosecha; al momento, todos se levantaron imitándome.

         —Uy, no puedo beber en mi estado —dijo como una adolescente a la que llenan su primera copa, cuando todos sabíamos que el vino durante un tiempo fue su mejor aliado al abandonarla el mismo novio que ahora era el padre de su hijo.

         Una vez terminada la cena, nos despedimos de todos con falsos besos comentando lo bien que lo habíamos pasado y diciendo que a ver si quedábamos más a menudo. Mientras nos despedíamos, yo solo pensaba qué hacer con lo que se me venía encima. Mi vida social era fantástica; desde que me casé, todas las mañanas iba al club de polo y allí almorzaba con las mujeres que se dedicaban, como yo, a no hacer nada absolutamente durante el día, nuestro mayor esfuerzo consistía en pasear por las tardes por las mejores boutiques de la ciudad y comprar lo que caprichosamente nos apeteciera sin molestarnos en mirar lo precios.

         En aquel mismo momento, se me abrieron los ojos y no dudé en tomar la decisión más importante de mi vida: mañana mismo empezaría, no podía perder más tiempo.

         Al día siguiente por la mañana temprano, nada más levantarme, fui a visitar a mi única amiga del hospital; no pudo atenderme, pero quedamos para comer, le conté mientras comíamos que me encontraba muy nerviosa y que por las noches no podía dormir, tenía mucha ansiedad y estaba muy preocupada.

         —No te preocupes —me dijo—, luego nos acercamos al hospital y te daré un ansiolítico que relajaría a un elefante, pero no te puedes tomar más que un cuarto de esta pastilla porque sería peligroso; sobre todo, lo tomas después de cenar y no la mezcles con alcohol, verás que pronto te recuperas. —Después de comer, nos dirigimos al hospital y la acompañé al almacén, donde me dio un pequeño bote con las pastillas—. Solo puedes tomar un cuarto —me recordó.

         Aquel fin de semana era el cumpleaños de Aurora y nos había invitado a cenar a un famoso restaurante no muy lejos de casa.

         Reconozco que hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien; no sé muy bien si era por el vino o la alegría de llevar a cabo mi plan aquella misma noche. Después de cenar, como todavía no era muy tarde, propuse tomar una última copa en nuestra casa.

         Aurora dijo:

         —Bueno, yo tengo un antojo, me apetece mojar los labios en una copa de vino, solo mojar los labios, eh.

         —No te preocupes que te pondré solo un poquito.

         —¡Bien! —sonrió un tanto contenta porque en el restaurante ya había tenido ese mismo antojo y había mojado los labios varias veces.

         Me levanté y escogí del botellero un Cabernet, pensé un vino fantástico para acabar aquella noche especial. Cogí cuatro grandes copas de nuestra vitrina de época victoriana con su gran espejo tallado y las rellené con dos dedos de vino; a una de ellas le eché el polvo de más de medio bote de pastillas mezclado con Dioxal, todo bien machacado.

         Me di media vuelta y le di uno a uno su copa para no equivocarme, pero ellos las dejaron en el centro de la mesa, donde estábamos sentados. Mi marido quiso hacer un brindis y todos alzamos las copas; antes de caer en mi último sueño, del que nunca despertaría, pude observar la sonrisa de mi marido mirándome y cómo, desde donde él se encontraba de pie, el espejo lo reflejaba todo.

Andrea More

 

Salí de la ducha, me puse frente al espejo y contemplé con detenimiento mi cuerpo femenino. Mis manos se dirigieron con suavidad hacia mi estrecha y bien formada cintura, haciendo el giro natural de la cadera. Mientras lo hacia, cerré los ojos acordándome de aquellos hombres que,  cogidos del brazo de sus mujeres,  se giraban con disimulo cuando me veían pasar con mis vestidos ceñidos al cuerpo. Al instante, me entró una risa nerviosa, pues aquel tronco recto sin forma reflejado ante mi era la realidad: enormes pechos caídos con más pena que gloria, donde afloraba una floja y enorme barriga prominente.  Giré y me puse de lado para intentar animarme, esperando un milagro, como si de perfil todo fuese distinto.

Qué tragedia al contemplar mi trasero, era una carpeta plana confundida con la espalda. De inmediato, cogí un sujetador bien resistente y, haciendo malabarismos, conseguí engancharlo en la espalda: mis pechos subieron de inmediato, me vi mucho mejor.

         Motivada por aquel pequeño éxito tramposo, fui corriendo hacia mi gran armario ropero e intenté deslizar los apretados grupos de perchas con vestidos de todas formas y colores sin ver nada que me gustara para la ocasión. Ensimismada en mis pensamientos como si de un milagro se tratase, un vestido de color caramelo me llamó desde el armario como si tuviera vida propia; lo cogí, no dude en ponérmelo rápidamente, solo le faltaba algún atractivo complemento que rápidamente vi en la última banda de la estantería, un largo y frondoso cuello de plumas de oca. Justo en ese momento, llamaron con tímidos golpes a la puerta.

         —Cariño, ¿te falta mucho?, que vamos a llegar tarde.

         Mi marido hacía ya más de una hora que me estaba esperando.

         —Estoy acabando —le dije lo más amablemente que pude.

         Cuando salí de nuestra habitación, lo primero que dijo fue: «Vamos, rápido, que llegamos tarde». Ni «qué guapa estás» o «el vestido qué bien te queda»; yo creo que ni lo vio.

         Ya camino del restaurante, en el taxi, mi marido como siempre estaba callado, con esa odiosa extraña sonrisa, seguramente con la mente en blanco, hasta el punto de que ni el dalái lama podría llegar a ese nivel en el momento de su máxima concentración. En ese momento, mientras miraba por la ventanilla, hice un breve repaso a mi vida para recordar cómo había llegado a este momento tan infeliz y cómo conocí a mi marido.

         Mi suegro fue uno de los socios fundadores de una de las empresas de cuero más importantes del país y, durante su vida, el negocio prosperó y cada vez se hizo más grande. Así fue hasta que el pobre falleció inesperadamente —dicen que lo encontraron muerto en casa de una tía solterona, pero todo el mundo sabe que murió feliz en un burdel—.

        Mi cuñada Aurora, diez años más pequeña que mi marido, se hizo cargo de la empresa; trabajó toda la vida en ella y sabía cómo funcionaban las entrañas del negocio mejor que nadie. Siempre tuvo mal carácter, pero todavía fue peor desde que tuvieron que amputarle una pierna por un accidente de coche; su novio la dejó poco tiempo después y desde entonces estaba enfadada con el mundo.

         Fue justo ahí cuando conocí a mi futuro marido. Yo le hacía las curas a su hermana, porque trabajaba en el hospital y él venía a acompañarla.

         Yo escuchaba las conversaciones del negocio entre los dos hermanos y vi que ese hombre podía liberarme de aquel trabajo que tanto odiaba. Poco a poco, fui estrechando la relación con ellos; mi carácter agradable, servicial y predispuesto le encantaba a Aurora. Durante más de dos meses, cada día, estuvieron viniendo, y la mañana que le iban a dar el alta, justo ese día por fin me invitó a cenar.

         Recuerdo que en mi primera cita me puse un atrevido vestido azul cielo de lunares blancos, con mucho vuelo; estaba imponente. Pero en vez de decirme algo provocativo, picante o sensual, como cualquier hombre de la tierra me hubiera dicho, no se le ocurrió otra cosa que decirme que ese vestido era muy parecido a uno que tenía su madre; vamos, que dijo justo lo que ninguna mujer quiere escuchar. Le sonreí, aunque en ese momento me hubiera gustado tener un yunque dentro del bolso y darle fuerte con él.

         Francamente, él nunca me gusto; hoy día llevo casada doce lentos años; su trabajo en la empresa todavía no sé muy bien cuál es ni me importa, todo lo lleva Aurora, pero como a mí lo que me importa es el dinerito que entra cada mes, lo demás me da igual.

         Muchas noches, salíamos con una pareja muy sosa, amigos de mi marido, tampoco teníamos muchos más. Los hombres solo sabían hablar de deporte, y su mujer estaba obsesionada con la cocina vegetariana; total, aquello era un martirio, pues yo adoro los chuletones al punto, estar con ellos era aburridísimo; a mí lo que me gustaba era salir a cenar, me daba igual con quién con tal de no estar a solas con él.

         Aquella noche en la cena hubo un gran acontecimiento que lo cambió todo. Justo cuando nos íbamos a sentar en la mesa, apareció por sorpresa mi cuñada con su antiguo novio, nos quedamos asombrados al verlos, pero pensé que por lo menos la cena sería más divertida. Una vez tocamos varias conversaciones —a cual de ellas más aburrida—, de pronto se levantó en los postres y tocó varias veces con su tenedor la copa —clic, clic, clic—.

         —Tengo que daros una gran noticia —exclamó Aurora con una alegría nada habitual en ella.

         —¡Cuéntanos, por favor! —exclamé con curiosidad, como si estuviera interesada en la fresca noticia

         —¡Estoy embarazada! —casi gritó emocionándose.

         Nunca la vi así, intenté que se me cayera alguna lágrima por la mejilla, pero fue imposible. En un supuesto arranque de alegría, su alto y desgarbado novio la abrazó con un romanticismo exagerado, yo tenía ganas de vomitar ante tanto teatro. Por desgracia, eso no fue todo —esta vez sí me sobrecogí, intuí una mala noticia para mí y no me equivoqué—; nos comunicó que quería cambiar su vida por completo y dedicarle tiempo a su familia, por lo que habían decidido vender la empresa. Miré a mi marido porque esta vez si estaba preocupada por mi futuro, ya que, por mucho dinero que le dieran a mi marido por socio en la venta de la empresa, él no servía para nada, era un absoluto inútil, nunca encontraría trabajo y yo tendría que volver al hospital a trabajar. Todo eso me rondaba por la cabeza mientras, sonriente, los miraba; giré la cabeza para ver qué cara tenía mi marido por la noticia, pero se había ido a dar una vuelta por algún planeta desconocido en su nave interplanetaria.

         —Brindemos por la noticia —dije levantándome de la silla sonriendo, y alcé mi copa de vino, un Rioja de una estupenda cosecha; al momento, todos se levantaron imitándome.

         —Uy, no puedo beber en mi estado —dijo como una adolescente a la que llenan su primera copa, cuando todos sabíamos que el vino durante un tiempo fue su mejor aliado al abandonarla el mismo novio que ahora era el padre de su hijo.

         Una vez terminada la cena, nos despedimos de todos con falsos besos comentando lo bien que lo habíamos pasado y diciendo que a ver si quedábamos más a menudo. Mientras nos despedíamos, yo solo pensaba qué hacer con lo que se me venía encima. Mi vida social era fantástica; desde que me casé, todas las mañanas iba al club de polo y allí almorzaba con las mujeres que se dedicaban, como yo, a no hacer nada absolutamente durante el día, nuestro mayor esfuerzo consistía en pasear por las tardes por las mejores boutiques de la ciudad y comprar lo que caprichosamente nos apeteciera sin molestarnos en mirar lo precios.

         En aquel mismo momento, se me abrieron los ojos y no dudé en tomar la decisión más importante de mi vida: mañana mismo empezaría, no podía perder más tiempo.

         Al día siguiente por la mañana temprano, nada más levantarme, fui a visitar a mi única amiga del hospital; no pudo atenderme, pero quedamos para comer, le conté mientras comíamos que me encontraba muy nerviosa y que por las noches no podía dormir, tenía mucha ansiedad y estaba muy preocupada.

         —No te preocupes —me dijo—, luego nos acercamos al hospital y te daré un ansiolítico que relajaría a un elefante, pero no te puedes tomar más que un cuarto de esta pastilla porque sería peligroso; sobre todo, lo tomas después de cenar y no la mezcles con alcohol, verás que pronto te recuperas. —Después de comer, nos dirigimos al hospital y la acompañé al almacén, donde me dio un pequeño bote con las pastillas—. Solo puedes tomar un cuarto —me recordó.

         Aquel fin de semana era el cumpleaños de Aurora y nos había invitado a cenar a un famoso restaurante no muy lejos de casa.

         Reconozco que hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien; no sé muy bien si era por el vino o la alegría de llevar a cabo mi plan aquella misma noche. Después de cenar, como todavía no era muy tarde, propuse tomar una última copa en nuestra casa.

         Aurora dijo:

         —Bueno, yo tengo un antojo, me apetece mojar los labios en una copa de vino, solo mojar los labios, eh.

         —No te preocupes que te pondré solo un poquito.

         —¡Bien! —sonrió un tanto contenta porque en el restaurante ya había tenido ese mismo antojo y había mojado los labios varias veces.

         Me levanté y escogí del botellero un Cabernet, pensé un vino fantástico para acabar aquella noche especial. Cogí cuatro grandes copas de nuestra vitrina de época victoriana con su gran espejo tallado y las rellené con dos dedos de vino; a una de ellas le eché el polvo de más de medio bote de pastillas mezclado con Dioxal, todo bien machacado.

         Me di media vuelta y le di uno a uno su copa para no equivocarme, pero ellos las dejaron en el centro de la mesa, donde estábamos sentados. Mi marido quiso hacer un brindis y todos alzamos las copas; antes de caer en mi último sueño, del que nunca despertaría, pude observar la sonrisa de mi marido mirándome y cómo, desde donde él se encontraba de pie, el espejo lo reflejaba todo.

Andrea More

1 Comment
  • Posted by

    JOSÉ LUIS FUENTES

    Posted 7 enero 2021 15:16 0Likes

    Buen relato Andrea. Me has sumergido en el mundo interior y exterior de tu gorda borde de una manera muy divertida.

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