02 03

La mariquita Luisa

 

         Abrió los ojos, no veía nada, su ceguera era absoluta, lo que no impidió que saltara y saliera corriendo en cualquier dirección. De pronto, sintió un tremendo golpe en la cabeza y una voz no muy lejana le dijo:

         —¿Es que no lo has visto? Pues será que no es grande. —Y se oyó una risa un tanto contagiosa.

         Luisa quedó aturdida por el impacto y se sentó en el suelo. Sin embargo, se levantó con ímpetu y más energía que antes y siguió avanzando sin rumbo fijo a toda velocidad. Esta vez no encontró ningún obstáculo, pero sí cayó al vacío, sintió miedo, aunque su instinto le hizo desplegar las alas automáticamente; aun así, no consiguió evitar un aterrizaje brusco y cayó al suelo, muy cerca de una pequeña laguna, donde abundaban numerosos enemigos deseando comérsela ante cualquier descuido. Se recuperó rápidamente del segundo tropiezo y siguió invadiéndole una sensación de correr y correr, saboreando la vida que acababa de empezar.

         —¡Aquí, aquí, aquí! —se oyó una voz que gritaba y repetía una y otra vez—. ¡Mira arriba! ¿Me oyes? —Luisa elevó su cabecita intentando ver algo, aunque la oscuridad era absoluta—. ¿Cómo lo has hecho? —le preguntó la voz desde lo alto.

         —¿El qué? —respondió Luisa.

         —¡Pues lanzarte! ¡Yo no puedo, me dan miedo las alturas! —Enseguida reconoció que quien le hablaba, minutos antes se había reído de ella al darse el golpe.

          —Simplemente, lánzate y déjate llevar por tu instinto, tus alas se abrirán solas, confía en ti —contestó Luisa.

         —Pero me da miedo y no puedo. ¡Ayúdame!

          Sin pensárselo, al escuchar que imploraban su ayuda, con un fuerte impulso, intentó volver a volar y rápidamente fue elevándose del suelo.

         —¡Estoy aquí, no subas tanto! ¿No me ves?

         —No, no te veo, sigue hablándome, por favor, y así podré llegar junto a ti —respondió.

         La voz la oía cada vez más cerca y poco a poco voló hasta que por fin estuvieron juntas.

         —¡Hola! —dijo emocionada—, ¡me llamo Pili! Y perdona que me riera antes. Vi como te dabas ese golpe y me entró la risa porque ibas directa hacia la piedra y no entendía por qué no la evitabas. Ahora lo comprendo, te pido disculpas, pero no entiendo cómo sin ver nada no tienes miedo a volar.

        —No te preocupes, las acepto —dijo sonriente—. Me llamo Luisa; ahora, dame la patita, no te lo pienses más y saltemos.

         Pili se dejó guiar; su cuerpo en la caída temblaba pensando en un segundo la imprudencia que había cometido, pero sus alas, al instante, se agitaron velozmente y, juntas, volaron muy contentas.

         —¡Guíame! ¡Y cuéntame lo que ves, Pili! Así disfrutaremos juntas del paisaje, que seguro es maravi…

         No le dio tiempo a seguir hablando cuando sus pequeños cuerpos quedaron atrapados en una telaraña gigante.

          —¿Qué es esto? Ah, no me puedo casi mover. Estamos atrapadas y no podremos escapar. ¡Quiero irme a casa! —exclamó Pili, llorando muy nerviosa.

         —No, tranquila, pensemos, intenta relajarte. Tú cuéntame qué hay alrededor. ¿Qué ves?

         Pili balbuceó… tartamudeando:

         —Mu-muchos hilos entrecru-cruzados y pegajosos que hacen que ape-penas pueda moverme; cuanto más me muevo, más enganchada me quedo.

         —¿Puedes mover algo del cuerpo? —le preguntó Luisa.

         —No, solo puedo levantar la cabeza un poco. ¿Y tú? —preguntó Pili, preocupándose de su amiga, más calmada ya.

          —Yo solo tengo las patitas de atrás enganchadas, pero puedo moverme, voy a intentar morder los hilos para salir.

          Con mucha paciencia, Luisa consiguió liberarse de la terrible trampa, arrancando el vuelo de nuevo…

          —Ahora voy a liberarte.

         De pronto, Pili le gritó desesperada:

         —¡Luisa, huye, por favor, huye, viene un monstruo muy rápido hacia mí! ¡Sálvate, pide ayuda! ¡Vuela en dirección contraria a la que tienes ahora, así no correrás peligro, sálvate tú!

         Álex, la araña, con una rapidez asombrosa, empezó a girarla, dando vueltas sobre sí misma, convirtiéndola en un pequeño capullo.

         Luisa, al notar la vibración y el nerviosismo de su amiga, voló como le había dicho. Volaba hacia un rumbo indefinido, y sin saber a ciencia cierta qué destino tendría su amiga. Cansada de tantas emociones, fue disminuyendo la velocidad y bajó al suelo, exponiéndose a toda serie de peligros.

         Había anochecido, y Luisa se había quedado dormida.

         Al despertar a medianoche, gritó asustada:

         —¡Socorro, socorro! ¿Alguien me puede ayudar?

         Siguió gritando, desesperada por la situación, sin saber qué hacer.

         Una familia de murciélagos que en aquel momento volaba cerca la escuchó y el más pequeño exclamó:

         —¡Papá, alguien está pidiendo ayuda, vamos a ver qué pasa!

         —No —dijo el padre—, es peligroso, la ayuda viene de tierra y allí no podemos bajar, somos muy vulnerables.

          —Pero, papá, si yo estuviera en peligro, ¿no querrías que alguien intentara ayudarme?

         —No bajes, Gaspar —contestó el padre—, no sabemos si está solo o si es una trampa.

         Sin hacer caso de su padre, bajó directo donde había escuchado que pedían socorro. Muy enfadado, el padre voló tras su hijo para darle una buena regañina.

         —Hola —le dijo el pequeño murciélago—. ¿Qué te pasa, por qué pedías ayuda?

         —¡Cuando lleguemos a casa te vas a enterar! —gritó Roberto.

         —Es mi padre, es que vine a ayudarte sin su permiso —le explicó Gaspar a Luisa.

         —Vámonos ahora mismo; aquí abajo estamos en peligro —dijo el padre muy enfadado.

         —Espera, papá, vamos a ver qué le ocurre; tú siempre me has dicho que hay que ayudar a los demás.

         —Sí, pero sin poner en riesgo tu vida, hijo—

         —No os preocupéis por mí —dijo Luisa tímidamente.

        —Tienes una voz muy fina, debes de ser pequeñita —dijo el padre.

         —¿No me ves? —preguntó Luisa.

         —No, qué va, somos murciélagos, nacemos ciegos, no vemos durante toda nuestra vida, pero eso no impide que seamos felices y disfrutemos de todo lo que hay a nuestro alrededor. ¿Tú tampoco nos ves a nosotros? —quiso saber, incrédulo, el padre.

         —No, no veo nada. ¿Cómo hacéis para no chocar con todo? —preguntó Luisa desconcertada.

         Al padre le sorprendió la pregunta y su valentía.

         —Somos unos maleducados. Mi nombre es Roberto, y el de mi hijo, Gaspar. ¿Por qué pedías ayuda?

         —Hola, soy Luisa, y pedía ayuda porque mi amiga y yo íbamos volando cuando chocamos con una red de muchos hilos; yo pude escapar, pero a ella la atrapó un monstruo y me gustaría poder ayudarla, pero yo sola no puedo. Imagino que si vosotros no veis tampoco, será difícil que podamos hacer algo.

          —Te equivocas mucho, Luisa, que no veamos no significa que la naturaleza no nos dote de algo especial que los demás no tienen. Nosotros tenemos una especie de radar natural continuo que nos avisa de cualquier obstáculo o enemigo que hay delante, lo que nos permite volar con tranquilidad.

          Tu amiga está atrapada en la telaraña de Álex, la araña; nosotros somos muy grandes para ella y no corremos ningún peligro. Aun así, la evitamos. Pero en este caso te ayudaremos, chocaremos contra los hilos para que tu amiga pueda ser liberada, suponiendo que siga viva…, claro, las arañas capturan a sus presas y, si no tiene hambre, las envuelven con su hilo y esperan a comérselas más tarde, así que no perdamos más tiempo.

         Roberto se dirigió rápidamente hacia la telaraña y se abalanzó fuerte contra ella para no quedar atrapado y poder romperla. Pili pudo caer al suelo y fue liberada por su amiga, que la esperaba junto a su nuevo amigo Gaspar, ante la atónita mirada de

         Álex, que no podía hacer nada más que pensar que tendría que volver a reconstruir su enorme telaraña.

         Una vez juntos, se dieron grandes abrazos de alegría y se alejaron de allí lo más rápido posible.

         Desde entonces, Luisa y Pili fueron amigas inseparables, junto a Roberto y Gaspar, que las ayudaron a descubrir que el don de Luisa era su potente y fino oído. Fueron muy felices con sus nuevos amigos en un mundo peligroso, pero también maravilloso.

Andrea More

Add your comment

Andrea More ©2021. Todos los derechos reservados.

Desnuda
tu mente