08 11

Una cena a ciegas

 

 

Recuerdo que mi madre siempre me decía: “hija, la que no es a los quince, no es a los veinte”. Qué razón tenia, estoy a punto de cumplir cuarenta y sigo tan sola como mi gato. Creo que soy invisible. Los hombres que me gustan no me ven y los que no me gustan tampoco me ven.

         Mi amiga Juli me acaba de llamar y me ha propuesto ir a una cena a ciegas de solteros. Dice que tenemos que experimentar nuevas aventuras.

          No sé qué ponerme para una cena en la que no te ve nadie. En fin, como dice mi psicóloga, tengo que sentirme bien conmigo misma; creo que empezaré por la ropa interior.

         Vamos a ver qué encuentro en el cajón… ¡Uy!, estas braguitas azules de encaje con lacito son perfectas… y este vestido entallado es una maravilla, quizás un poco corto, pero qué más da, si no me van a ver.

        ¡Riiiiiiiiiing!. Juli ya está aquí.

         —Dame un minuto, que ya bajo.

         —Venga tía, que llegamos tarde

         Nunca soporté que me digan tía, pero a Juli se lo consiento porque no lo puede evitar. Es tan vulgar.

Ya bajo.

         —Vamos, tía. Que tengo el coche mal aparcado y me van a multar.    

         Nos subimos al coche. Lo había dejado atravesado en la acera.

         —¿Está muy lejos el restaurante? —le pregunto durante el trayecto.

         —¿Restaurante? ¿Yo te he dicho que es un restaurante?

         Me la quedo mirando, no estoy segura de si con cara de sorpresa o de susto.

         —Yo solo te he dicho que es una cena a ciegas. La hace mi jefe, en su casa.

         —¿Me estás diciendo que vamos a casa de tu jefe a cenar, y encima a oscuras? ¿Es eso?

         —Justo eso.

         —Yo me voy a mi casa, conmigo no cuentes, lo digo en serio.

         —¡Bah!, tía, no seas muermo.

         —¡Pero cómo puedo hacerte caso! ¡Da la vuelta ahora mismo!

         —Venga, va, no te rayes. Seguro que lo pasamos bien. Solo es una cena a ciegas. —Me da una palmada en la rodilla—. Además, mira, ya hemos llegado.

         —¡Uau! Vaya caserón tiene tu jefe, con esos torreones parece un castillo.

          Vino a recibirnos un hombre alto que parecía un mayordomo, vestido con un traje negro y chaleco, que llevaba en sus manos una bandeja con dos grandes máscaras que simulaban la figura de una lechuza.

         —Señoritas, a partir de aquí, deben ponerse esta máscara por favor. Cójanse de mi brazo y yo las acompañaré a la cena.

         Empiezo a caminar siguiéndole el paso. Tengo un momento de debilidad y pienso en quitarme la máscara y salir corriendo, pero la curiosidad ya me ha atrapado.

         —¿Falta mucho?

         —No. Ya hemos llegado. Es importante que no se quite la máscara hasta que esté sentada en su mesa.

         —Estoy un poco nerviosa… ¡Juli! ¿Juli? Juli, ¿estás ahí?

         —Disculpe, señorita. Su amiga no está.

         —¿Y dónde está?

         —Siéntese, por favor. ¿Está bien así?

         —¡Sí, sí, gracias!, pero insisto ¿dónde está mi amiga?

         —Cling, cling cling. Escuché golpear una copa.

         —Ruego presten atención, por favor. Ahora pueden quitarse las máscaras.

         Me quito la máscara, pero sigo sin ver nada.

         —Gracias. Comprobarán que se encuentran en la más absoluta oscuridad —confirma nuestro anfitrión. Por un lado, me tranquiliza saber que no me he quedado ciega, aunque, por otra parte, noto que la curiosidad va camino de transformarse en temor—. Mi nombre es Sendo. Les agradezco que hayan venido a esta experiencia. Ahora serviremos el primer plato. Les anuncio que no hay cubiertos, así que todos los platos se comerán directamente con las manos. También quiero comunicarles que nuestro personal les servirá un fabuloso vino tinto Dellen durante la cena. Esperamos disfruten de esta experiencia gastronómica a ciegas.

         Me parece advertir algún gemido de satisfacción entre el murmullo de fondo.

         —El primer plato —continúa el tal Sendo— consta de; fideos cebolleros con crujientes zitis. Espero sea de su agrado. Que les aproveche.

         —Hola —escucho a mi derecha; un tono grave de voz masculina. Casi me derrito al oírlo—. Mi nombre es Ten, y es la primera vez que tengo una experiencia similar.

         Siento su voz como si estuviera a punto de besarme.

         Justo le voy a contestar, pero otra voz se adelanta.

         —Yo soy Débora. Un placer conocerte, Ten, me muero de ganas por probar esta experiencia.

         Aquella voz de hiena en celo me enfurece. “Se va a enterar esta lagarta”.

          —Hola, mi nombre es Trudis —digo, con la cabeza girada hacia la derecha. Creo que me he pasado un poco alzando la voz, porque el murmullo ha cesado de pronto.

         En ese instante noto la mano fuerte de Ten sobre mi rodilla. Mi mente se nubla, y mi primera reacción es apartarla de inmediato, pero pienso: “por qué la vas a quitar, tonta; si en realidad te gusta”.

         Escucho a mi izquierda a alguien que me habla muy bajito:

         —Hola, me llamo María.

         —¿Cómo estás? —le pregunto, por pura formalidad, aunque ella me contesta al pie de la letra y no para de hablar de lo contenta que está de haber venido a esta experiencia, y luego me cuenta que su vida fue pura amargura, que sus padres no la aceptaban por su físico, y de pronto me pregunto cómo será, que hasta sus padres la rechazaban, y entonces pienso si tal vez todos los que estamos aquí somos así, y por eso la oscuridad…

         Mi mente se frena en seco porque, sin esperarlo, la mano de Ten decide contraatacar y comienza a deslizarse por mi muslo, lentamente, hasta quedar de nuevo quieta a pocos centímetros de la ingle, y acto seguido sigue indagando y descubre el lazo de la braguita, y ahí se entretienen sus dedos jugando un rato, mientras en mi cabeza no para de sonar el “Himno de la Alegría”.

         Escuché pasos.

         ¡Mmmmmm!, qué bien huele la sopa, pero creo recordar que Sendo ha dicho que no había cubiertos.

         Nada más servirnos el plato, escucho a María sorbiendo los fideos, así que alargo la mano y la introduzco en el plato. Lo que palpo es una especie de macarrones gordos gelatinosos que al tacto no son agradables, pero lo cierto es que el olor te invita a probarlos. Cojo un puñado y me lo acerco a la boca, y de pronto noto que los fideos se mueven como gusanos en el pico de un pájaro.

         —¡Aaaagggg! ¡Qué asco! ¡Se mueven! ¡Están vivos!

         —Pruébalos, están exquisitos —me susurra María

         Le hago caso y… ooohhhh, qué buenos están; no puedo parar de comer.

         No muy lejos de la mesa, creo reconocer la risa nerviosa de Juli. Me tranquiliza oírla.

         —Cling, cling cling—Atención, por favor. El segundo plato; rimbô bañado en lusillas de yen, con una pizca de pitón.

         Enseguida traen el plato anunciado por Sendo.  Alargo la mano y de nuevo palpo algo viscoso.

         —¿Te gusta? —Es la voz de Ten. No sé si se refiere a su mano sobándome el lacito o el rimbô con pitón.

         No me lo pienso, y, con la misma mano gelatinosa, le toco la entrepierna.

         ¡Sorpresa! Está desnudo. Agarro su gran miembro.

         Mi corazón empieza a palpitar vertiginoso, y siento un asfixiante calor en mi garganta…

         Mi cuerpo se desvanece…

         Me despierto en el hospital.

         —¿Qué ha pasado? —pregunto al ver a Juli a mi lado, con cara de preocupación.

         —Ya estás bien, no te preocupes. Parece ser que algo te sentó mal en la cena.

         Recuerdo lo último que pasó, no solo por mi mente, sino también por mi mano.

         La puerta de mi habitación se abre de golpe, pero no veo a nadie.

         —¿Cómo se encuentra, Trudis?

         Esa voz es inconfundible.

        Levanto la cabeza y luego bajo la vista. Veo al doctor. Un enano.

         —Estoy bien, doctor…  Ten.

                     

                                                                                                                                                  Andrea More

                                                                                      

5 Comments
  • Posted by

    JCarlest

    Posted 6 diciembre 2020 05:44 0Likes

    Me ha encantado. Felicidades. Lo de la cena a ciegas sería una experiencia brutal… si conoces de alguna me apunto. 😊

  • Posted by

    Rubén García García

    Posted 24 diciembre 2020 02:32 0Likes

    Tienes el argumento de un buen cuento. Lo haces largo, lo cuentas en primera persona, esto es un acierto, sin embargo el final, se presiente se intuye. Los diálogos son parte importante y por ende tienen mucha importancia. Abrazo.

  • Posted by

    Luis

    Posted 11 enero 2021 18:57 0Likes

    Genial!

  • Posted by

    Antonio

    Posted 10 marzo 2021 15:36 0Likes

    Resulta excitante y divertido, pero creo que deberías darle mayor importancia a los diálogos, colocar los guiones necesarios —faltan algunos—
    En mi opinión deberías repasar la puntuación, y corregir alguna errata como por ejemplo: «Delles».
    Me hubiera gustado que fuese un poquito más largo

  • Posted by

    Victor Zapatero

    Posted 22 abril 2021 04:04 0Likes

    Felicidades por el relato aunque me quedé con ganas de más…justo cuando comenzaba a subir de temperatura se corta la historia y pasamos al hospital…me hiubiese gustado una cena a ciegas con más desarrollo de los platillos y de llo que sucede entre ellos. De cualquier manera felicidades con un muy buen sabor de boca

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