06 02

Una vibrante solución

El cura escuchó cómo se abría el pesado y chirriante portón que daba acceso al interior de la iglesia. Estaba esperándola en el confesionario como todos los miércoles a la misma hora.

—Ave María purísima.

—Sin pecado concebida.

—Padre, esta semana algo ha cambiado, guardo un pensamiento impuro, y no se marcha de mi cabeza. Le aseguro que yo intento alejarlo de mí, pero insiste y me martiriza una y otra vez sin compasión.

—Qué le ha ocurrido doña Carmela que la tiene tan preocupada —le preguntó don Mario bostezando seguidamente, pensando en la repetida confesión semanal que le esperaba.

—Padre, ayer por la tarde cuando me dirigía hacia mi piso por la escalera, venía de la frutería de don Matías de recoger, como todas las semanas, la fruta y verdura que usted sabe que me va muy bien para mi delicada salud.

—Continúe, continúe doña Carmela, dígame qué la trae a la casa del Señor —repuso don Mario resoplando, a la vez que miraba el techo adamascado del pequeño confesionario con resignación.

—Como le decía, venía con mi cesta repleta de verdura cuando me vino un fuerte olor, cómo le diría yo, olía a roble, un olor seco e intenso. Tuve que parar don Mario porque me entró calor, mucho calor padre, creo que hasta tuve décimas…

—Continúe doña Carmela.

—Después apareció mi vecino, bajando la escalera despacio, con aquella camisa desabrochada y aquellos pantalones ajustados marcándolo todo, todo… Que Dios me perdone, pero no podía apartar los ojos de… usted ya me entiende. Mientras bajaba, sin querer, pasó rozándome un poco la espalda, me miró y me dijo: «buenos días doña Carmela», a lo que le respondí con un hilo de voz y la boca reseca: «buenos días Sr. Carlo», y lo dijo tan natural como si no hubiera pasado nada don Mario. Sé que merezco un castigo por los envenenados pensamientos que tuve y que sigo teniendo. Ohhh, perdóneme, no quiero ni pensar en lo que vi, pero lo peor —dijo con un llanto teatral— es que no me lo puedo quitar de la cabeza.

—Por favor, cálmese y escúcheme, este problema tiene solución, rece cinco avemarías y otros cinco padrenuestros, y el señor seguro la entenderá, solo fue un bache, váyase tranquila a su casa y relajase, verá que pronto se olvida del vecino.

—Gracias don Mario, es usted tan bondadoso, qué haría yo sin sus benditos consejos.

Las visitas al confesionario pasaron de un día a la semana a dos días, y la última semana se confesó hasta tres veces. Don Mario se encontraba agotado y cuando escuchaba el chirrido de la puerta, siempre sobre la misma hora, se le ponía el vello de punta. Entonces sabía que doña Carmela venía dispuesta a desahogarse, hasta que una de las veces se le ocurrió una idea…

—Ave María purísima.

—Sin pecado concebida hija.

—Padre, ayer…

—Un momento doña Carmela —le interrumpió don Mario—. Usted dijo que mis consejos son importantes, ¿verdad?

—Sí, sí, yo hago exactamente lo que usted me aconseje don Mario.

—Pues bien, le recomiendo que ahora que hace buen tiempo se tome unas vacaciones en algún lugar espiritual y así meditar. Hágame caso y cuando vuelva, todo será como antes doña Carmela, créame.

Aquella tarde doña Carmela salió de la iglesia decidida a sentirse igual que antes de conocer a su vecino, quien tantos dolores de cabeza le estaban causando.

Al día siguiente muy temprano, se dirigió a la agencia de viajes que se encontraba cerca de la parroquia porque si don Mario le había dicho que ella necesitaba hacer un viaje, estaba claro que lo necesitaba.

Nunca había entrado en una agencia de viajes y le atendió una simpática chica pecosa de larga melena pelirroja, con un atrevido vestido de flores muy escotado que dejaba ver generosamente parte de sus grandes senos.

Cuando la empleada la vio entrar, fue como si hubiera retrocedido medio siglo en el tiempo. Doña Carmela iba vestida de negro, con una camisa de raso y un pañuelo a juego con un gran lazo en el cuello, llevaba el pelo recogido en un moño alto y alargado que se le movía cuando andaba.

—¡Buenas días! —dijo levantándose y ofreciéndole un cómodo sillón frente a ella, ese gran gesto de educación le encantó, premiándole con una sonrisa mientras tomaba asiento.

—Mi nombre es Verónica, ¿en qué puedo ayudarle señora…?

—Mi nombre es Carmela, un placer —respondió esta con una distinción remilgada.

—Por favor, el placer es mío —le contestó con simpatía la chica—. Usted dirá…

Carmela le contó con todo lujo de detalles lo que don Mario le había aconsejado y ese era el motivo por el cual se encontraba allí.

—Muy bien doña Carmela, creo que tengo el viaje perfecto para que usted disfrute de unas vacaciones inolvidables.

—Explíqueme más por favor, señorita Verónica —le animó sin ocultar su interés en un tono seco.

***

El tren llegó puntual a su destino, y en el andén la esperaba un coche que la llevaría directa al balneario «El Templo». Cuando entró al amplio vestíbulo y observó el techo de cristal en forma de cono inundado con multitud de pequeñas luces simulando las estrellas, doña Carmela se sintió en un verdadero paraíso de aguas termales. Durante unos minutos, se dedicó a observar las caprichosas formas del edificio, que hablaban de un pasado glorioso al servicio de las aguas minero medicinales. Mientras repasaba el exquisito mobiliario, no tardó en escuchar una voz que le resultó familiar:

—¡¡¡No me lo puedo creer, Carmeleeeee!!! Si eres tú, madre mía cuánto tiempo, ¿qué haces aquí? Qué alegría por favor.

—¿Conchita?

—Claro, quién voy a ser, a ver date la vuelta, ¿qué te ha pasado?, ¿por qué vas tan enlutada y con ese moño arriba?, qué extraña te veo. ¿Dónde está mi amiga de antes? Ufff, cuántos años han pasado, veinte, veinticinco o quizás más.

¿Qué te cuentas Carmele? —preguntó Conchita cogiéndola por los hombros mientras la zarandeaba como una coctelera y el moño se le movía como un flan.

—Veo que mantienes la misma energía de siempre, Conchita —dijo mostrándole una tímida sonrisa.

—Se me ocurre una idea —propuso Conchita—, dejemos el equipaje en la habitación y cenemos juntas, si te parece bien. Querida… tenemos tantas cosas que contarnos.

Se despidió dándole un achuchón y un efusivo «hasta luego».

Un botones acompañó a doña Carmela hasta su habitación. Una vez en el interior, entro en el cuarto de baño y se quitó la ropa para meterse en la ducha quería arreglarse pronto para la cena, pero llamaron a la puerta, se puso rápidamente el albornoz al momento pensó que sería el servicio de habitaciones y abrió. Pero no, se encontró a su amiga Conchita sonriente en el umbral.

—¡Todavía estás así, vengaaaa que no nos da tiempo! —le apremió en voz alta.

—Pasa, pasa, que se va a enterar todo el mundo —dijo alterada, con tan mala fortuna que al cerrar, se le enganchó el albornoz en el tirador de la puerta cayéndose este al suelo y mostrándose completamente desnuda delante de su amiga.

—¡Huy! —Se ruborizó intentado cubrirse.

—Pero Carmeleee… si llevas el Amazonas encima —rió de una forma estridente—. Si no lo veo, no lo creo. Pero mujer, ¿nunca te has arreglado el…?

—Calla, calla, por favor no sigas, ¡qué vergüenza! —dijo mientras se intentaba cubrir sin éxito el frondoso vello púbico.

—Carmele disculpa, no te molestes, es que nunca había visto algo así, es tan, tan… No importa, te espero abajo, no tardes que cierran pronto.

No tardó en bajar y se sentó al lado de su amiga junto a la ventana con hermosas vistas a un hermoso y cuidado jardín iluminado.

—Disculpa Carmele, no quería reírme pero me resultó imposible no hacerlo, lo siento.

—No pasa nada, probablemente la culpa es mía que me he quedado paralizada en el tiempo… y ahora no sé cómo salir de él. —Se sinceró doña Carmela delante de su amiga.

Ambas tuvieron una larga y animada charla durante la cena, doña Carmela le explicó lo que la había llevado hasta allí y que en parte aquel viaje se lo agradecía a su nuevo vecino, que era quien le había removido el cuerpo.

—Vamos a ver, entonces después de lo que me has contado, tú con un hombre nuncaaaa…

—Por favor Conchita, mi tesoro lo guardo para el hombre con quien me case, eso lo tengo muy claro —repuso airada.

—Sí, sí, lo comprendo, pero creo que tendrías que conocer algo que no es pecado porque no es carnal y creo que te vendría muy bien probarlo.

—¿Qué quieres decir? —inquirió doña Carmela curiosa.

—Es un aparato que simula lo que tú ya sabes —dijo guiñándole un ojo con picardía — y con él puedes hacer lo que quieras, todo depende de la imaginación, además lleva pilas y se mueve de maravilla. Yo al mío hasta le puse nombre.

—¿Cómo se llama? —preguntó Conchita con los ojos chispeantes, y no solo por el vino.

—¿Quieres saberlo de verdad? —dijo con los ojos abiertos como si estuvieran hablando de un amigo.

—Siii por favor, dímelo —le suplicó doña Carmela aguantando la risa.

—Se llamaaa King Kong. —Y sin poderlo evitarlo, dio una sonora carcajada que contagió a su amiga.

La cena llegó a su fin y, después, dieron un corto paseo por los jardines del balneario, quedando para desayunar al día siguiente.

Cuando se acostó en la cama, doña Carmela no podía parar de pensar en aquel aparato del que le había hablado Conchita. Si hubiera estado en el pueblo, le hubiera preguntado a don Mario si utilizarlo un poco, solo un poco, sería pecado. Y así pensando, pensando, se quedó plácidamente dormida.

A la mañana siguiente, desayunaron unas tostadas de aceite y queso de cabra con zumo de naranja y un café. Doña Carmela se sentía cómoda con su amiga del colegio. Estaban a punto de terminar el desayuno, cuando Conchita le propuso:

—Carmele, ¿quieres que hagamos juntas el circuito de aguas termales?

—Sí, sí, claro.

—Pero Carmele, es imposible que escondas toda la selva en el interior del bañador, ¿cómo lo vas hacer?

—Es un bañador con falda, no te preocupes por eso —le contestó dejando a su amiga ciertamente intrigada. Conchita no podía imaginarse qué tipo de bañador sería el que llevaría su amiga.

Se estaban despidiendo para marcharse y poder cambiarse, pero antes le dijo a doña Carmela que si deseaba acompañarla a su habitación para enseñarle a King Kong. Al principio dudó, pero enseguida reaccionó y pensó que verlo seguro no sería ningún pecado.

Mientras acompañaba a la habitación a Conchita, su cuerpo empezó a entrar en calor y a sudar, tanto que estuvo a punto de decirle a su amiga que otro día, pero no podía resistir la curiosidad de verlo.

Cuando entraron, doña Carmela cerró la puerta con brío dando un fuerte portazo tras de sí para asegurarse de que allí no podía entrar nadie más.

Conchita abrió el cajón de su mesita de noche y, con mucho cuidado, sacó un enorme consolador. Doña Carmela quedó perpleja, viniendo de inmediato a su mente la imagen del pantalón ajustado de su vecino bajando las escaleras. Sin poder apartar la vista de aquel magnífico aparato, extendió los brazos para alcanzarlo y tocarlo pero cuando lo iba a coger, las retiró de golpe.

—¡Me marcho! —arguyó levantándose aterrada doña Carmela atenaza por la presión de la conciencia.

—Te espero en el circuito —le dijo Conchita alzando la voz, dudando de si se presentaría.

Cuando doña Carmela bajó con el albornoz blanco y una toalla enrollada en la cabeza, Conchita casi no la conoció.

—Pensé que no vendrías —le dijo sinceramente poniendo cara de sorpresa esperándola con una sonrisa en el interior de la terma.

—¿Sabes? He estado pensado y creo que si no te importa, me gustaría que me dejaras a King Kong.

—¿En seriooo? ¡¡¡No me lo puedo creer!!! —dijo expresando su alegría al ver a su amiga animada—. Por fin vas a disfrutar de tu cuerpo —se alegró chapoteando contenta y metiendo la cabeza en el agua, soltándola poco a poco por la boca como si fuera la sirena de una fuente.

—Estás loca Conchita —contestó riendo.

La misma noche durante la cena, doña Carmela estaba nerviosa y no paraba de hablar sobre lo contenta que estaba de que aquella simpática chica de la agencia le recomendara el balneario, se lo estaba pasando tan bien que hasta entonces se le había olvidado por completo el motivo por el que había ido de vacaciones. Pero aquella era la última noche y muy pronto volvería a su rutina.

—Me alegro de que lo estés pasando tan bien Carmele —repuso Conchita—. Por cierto, como hoy es la última noche, me he acordado y mira lo que te he traído —dijo entregándole una bolsita decorada con pequeños corazoncitos—. Dentro está lo que tú ya sabes… —reveló guiñándole un ojo mientras se levantaba y marchaba hacia su habitación—. Ya me contarás mañana en el desayuno. Chao querida.

Allí se quedo parada doña Carmela, como si su amiga la hubiera dejado plantada con un novio al cual no sabía qué decirle, miró la bolsa y se humedeció los labios con la lengua de forma instintiva. Después apuró un sorbo de vino que había quedado en la copa y se marchó nerviosa a su dormitorio.

Cuando llegó, se quitó la chaqueta colgándola y mirando la bolsa de reojo. Decidió darse una ducha sin prisas, como si quisiera estar reluciente para la cita que le aguardaba aquella noche con lo que había en el interior de la bolsa. Salió del baño perfumada, envuelta en una gran toalla blanca, apagó la luz principal y encendió la luz cálida de la lamparita de la mesilla. Acto seguido, se deshizo de la toalla y, con sumo cuidado, como si se tratase de un animal peligroso, introdujo la mano en el interior de la bolsa y extrajo el enorme falo poniéndolo sin más preámbulos en la entrada de su virginal tesoro. Pensó que lo mejor sería darle un rápido y seco empujón hasta el final, así acabaría todo rápido, después resolvió que sería mejor hacerlo poco a poco, hasta que finalmente se decantó por la primera idea.

Tumbada sobre la mullida cama, cerrando los ojos y apretando los dientes, se puso en tensión como si la fueran a lanzar en paracaídas, pero justo en el momento en que se disponía a iniciar la exploración, escuchó unos débiles golpes en la puerta de su habitación.

—Carmele, Carmele, ¿estás despierta aún?, ¿me oyes? —Escuchó la voz de su amiga rompiendo la ceremonia a la que estaba a punto de consagrarse.

—Sí, sí, ya voy Conchita —farfulló reconociendo su voz. Se levantó poniéndose de nuevo la toalla alrededor del cuerpo—. Pasa, pasa —le dijo nerviosa.

Conchita cerró la puerta despacio, y la besó con un largo, húmedo y profundo beso. La toalla de doña Carmela cayó al suelo porque dejó de sujetarla con las manos para poder abrazar a Conchita, respondiendo a ese mágico beso que abrió su corazón, reconociendo y asumiendo lo que su mente no le dejaba.

—¡Te quiero Carmele! —musitó Conchita. Fueron las últimas palabras de una larga y apasionada noche.

                                                                                                                                                                                                                  Andrea More

 

3 Comments
  • Posted by

    Antonio

    Posted 9 marzo 2021 21:24 0Likes

    Genial. Me ha gustado mucho la digamos, puesta en escena de los personajes, con el resultado de un relato ágil y divertido, e inesperado al final

  • Posted by

    Jorge

    Posted 18 abril 2021 08:31 0Likes

    Me ha gustado mucho. Éste relato da para una novela erótica, el final es abierto y Doña Carmela que descubre su cuerpo puede entrar en conflicto interior pero sobretodo exterior con los vecinos, el cura, su amiga Conchita, etc..

  • Posted by

    Victor Zapatero

    Posted 22 abril 2021 15:47 0Likes

    Delicioso relato. Felicdades!

Add your comment

Andrea More ©2021. Todos los derechos reservados.

Desnuda
tu mente